¿Qué es el amor?

Capítulo 1

                                                                                         PVO LUCAS

Cuando nací fui la alegría y el orgullo de mi padre. Él, siendo un descendiente de clase noble, ansiaba un hijo varón que asegurara la continuación del apellido Lara.

Todo fue felicidad para mis padres durante mi niñez, sin embargo, las cosas cambiaron en el instante en que no dejaba de pronunciar las palabras torpemente, pero aún en aquellos días contaba con la justificación de mi temprana edad. Desafortunadamente esa situación no fue diferente al llegar a los diez años.

Mi capacidad intelectual era normal. Aprendía sin dificultad lo que me enseñaban en la escuela, no obstante, me era imposible hablar fluidamente. Mi lengua parecía estar entumecida y aunque intentaba forzar los músculos de mi boca, las palabras salían como si estuvieran siendo recitadas por un niño de apenas dos años, y esto para un adolescente, era una gran vergüenza porque no sólo mi reputación estaba siendo afectada, también el apellido de mi padre empezó a ser objeto de repudio entre las demás familias con títulos nobiliarios.

Los que alguna vez alabaron a mi padre por el deseo de emparentar con uno de los pocos duques que aún quedaban de la antigua monarquía, optaron por limitar su trato a meros negocios.

Si me invitaban a las fiestas que organizaban para presentar a sus hijas a futuros pretendientes, era únicamente para no ofender a mi familia más de lo que ya lo hacían cada que giraban el rostro las veces que tenían que hablar conmigo cuando mi padre me designó como administrador de sus empresas, (en las cuales muchos habían invertido fuertes sumas de dinero, y que gracias a mi astucia se incrementaron más allá de lo pensado).

Mi habilidad como administrador debió ser una prueba de que mi problema no era una falta de inteligencia, sin embargo, la gente le dio mayor importancia a mi desastrosa manera de hablar, (que para mí infortunio, no mejoró en mi adultez).

En 1843, cualquier afectación en la salud sólo tenía una razón y era la de la mala sangre, por lo que ni por error iban a permitir que sus hijas se casaran con un anormal, (término que era dado para cualquiera que fuese diferente a los demás).

Mis padres eran los únicos que me trataban con amor, pero aun queriéndome como sé que me quieren, también tenían que pensar en mantener vivo nuestro apellido, y la única forma que encontraron, fue la de adoptar a un joven huérfano.

Damián se había quedado solo en el mundo después de que su padre matara a golpes a su madre. La falta de dinero combinado con el alcoholismo de su padre, fueron el origen de la desgracia de un joven de apenas catorce años.

Mi nuevo hermano llegó a mi vida cuando yo acababa de cumplir veintiocho.

En un principio Damián se mantuvo aislado de nosotros y apenas hablaba en las comidas.

Un día se pasó horas recorriendo la mansión y luego de que se dio cuenta de que seguían faltando lugares que aún no había visto, murmuró que más que una gran casa, era como un castillo. Yo lo había estado observando desde un sillón de la sala, y al escucharlo me reí e inmediatamente le conté que el último rey del país le había regalado la propiedad a nuestro tatarabuelo y que en efecto, era un pequeño castillo que fue usado los días en los que deseaba escapar de sus obligaciones como soberano. Al terminar mi relato me di cuenta de que no había sido educado haber hablado si Damián no me preguntó nada y sin vacilación me disculpé por mi osadía. Mi joven hermano me miró atentamente antes de esbozar una diminuta sonrisa.

—¡No eres un idiota! —pronunció sin delicadeza —pensé que sí por la forma tan torpe con la que te presentaste el día que tu padre me trajo a tu castillo.

—Ahora también es tu padre —le respondí sin hacer evidente la vergüenza que sentí al escucharlo decir la palabra "idiota".

—Tu padre podrá jurar que soy su hijo, pero en los ojos de tu madre pude notar que no le pareció que buscaran un semental para perpetuar el apellido de tu familia —sonrió irónico y se sentó a mi lado —sí eres consciente de que es precisamente eso lo que tu padre espera de mí ¿verdad?, sólo que a tu iluso progenitor se le olvida que no será su sangre la que heredarán los hijos que tenga con alguna mujer que me elijan como esposa, sino será la sangre de un miserable borracho la que fluya por sus venas —su sonrisa se amplió y en su mirada se observó un poco de burla —¡bueno!, la sangre de un borracho seguramente es mil veces mejor que la de un anormal idiota que además tampoco tiene el porte galante de un aristócrata.

Damián se fue después de estarse riendo un rato de mí, y ese día descubrí que tenía otros dos defectos aparte de mi dificultad para comunicarme.

"Damián es más joven que yo, y no tuve el valor de responder a sus burlas", me recriminé mentalmente.

La falta de valor en un hombre es incluso peor, porque las damas no sólo buscan encontrar un esposo que les brinde una buena posición económica, también ansían que tengan la suficiente fuerza para defenderlas de cualquier peligro, y el hecho de permitir que me ofendan sin soltar al menos un golpe que los obligue a respetarme, me convierte en un ser débil y patético. Pero si eso ya es suficientemente malo, mi falta de atractivo remata el espantoso cuadro de mi vida, y es que soy tan delgado, que se reafirma la idea de que padezco algún tipo de enfermedad, porque me veo demasiado frágil. No cuento con musculatura en los brazos, ni en mi abdomen o piernas, que me ayude a captar la atención de las féminas. Mi cabello es de color ébano, con un volumen imposible de aplacar debido a que es rizado y para finalizar, no tengo ojos claros, sino marrón, que para nada son un rasgo distintivo entre los nobles de sangre pura, (aunque eso es culpa de la herencia de mi abuelo que fue de clase pobre, y del cual no se habla porque es un secreto muy bien guardado de los Lara).

Damián no proviene de ninguna familia noble y aun así cuenta con una apariencia elegante. Tiene una piel más clara que la mía. Su cabello dorado resplandece con el sol y sus facciones varoniles se acentúan más, gracias al intenso color azul de sus ojos.

No fue nada agradable darme cuenta de mi cruel realidad y me pasé días cabizbajo, pero mientras yo perdía mi alegría, Damián fue adquiriendo confianza con mis padres hasta el punto en que me reemplazó sin dificultad como un excelente orador durante las comidas familiares y en las fiestas a las que ahora lo invitaban también.

Los socios de nuestras empresas suspiraron de alivio al pensar que ya no tendrían que tratar conmigo en los negocios, pero, aunque Damián tiene encanto y se sabía manejar en círculos sociales porque estaba muy bien enterado de los chismes de la ciudad, en cuanto a conocimientos sobre negocios era ignorante hasta en términos sencillos que incluso las damas conocen de sobra.

Mi padre creyó que en algún momento iba a pedirle que lo entrenara para que me ayudara a conseguir más contratos, sin embargo, Damián nunca se interesó por aprender temas administrativos, y mejor se enfocó en clases de etiqueta, de baile, y de buenos modales, pues dijo que eso le serviría para cautivar a alguna mujer de clase noble con la que se desposaría para darle a la familia Lara el heredero que tanto ansían.

Con el pasar del tiempo, Damián fue convirtiéndose en un hombre bien educado, aunque en ocasiones bebía demasiado y ni todas las clases de etiqueta sirvieron para contener su naturaleza iracunda. Varias veces se peleó a golpes con otros jóvenes nobles, durante los juegos de cartas en los que era común que perdiera grandes sumas de dinero.

Nosotros no teníamos una relación de hermanos, pero al menos nos tratábamos con cierto respeto, o bueno, es lo que yo había querido creer, pues cuando cumplí veintinueve años, ocurrió un evento en el que Damián destruyó la poca confianza en mí mismo que todavía conservaba.

Recuerdo perfectamente que ese día me invitó a un baño de vapor porque dijo que ahí estaría el hijo de un noble extranjero, que tenía mucho interés en participar en un negocio minero que recientemente yo acababa de desarrollar.

Mi intuición me advirtió que no era buena idea acompañarlo, pero la ignoré por imbécil.

Como era natural en esa clase de sitios, los dos nos desnudamos y nos dirigimos a un cuarto privado simplemente con una toalla tapando nuestra virilidad. Se suponía que en ese lugar nos estaría esperando el probable socio, pero al entrar me encontré a tres amigos de Damián, (hombres con sus mismos vicios y similares a él en físico).

De repente me vi despojado de la toalla y enseguida el cuarto se llenó de risas.

—¡Jajajaja!, ¡no sólo eres un anormal estúpido!, ¡también eres un fenómeno de pequeñas proporciones! —Damián gritó a todo pulmón para hacerse oír entre el barullo —¡Miren amigos!, el idiota lo tiene muy chiquito, ¡díganme!, ¿creen que con esa cosita podrá complacer a una mujer?

—¡Claro que no! —uno de sus amigos se puso de pie y se quitó su toalla —¡Observa esto, anormal! —sobó su miembro para que adquiriera dureza —¡Así es como debe ser un pene!, lo que tú traes entre las piernas es apenas una salchichita demasiado delgada, ¡jajajaja!, ahora que lo veo, ¡es igual de flaca como el resto de su cuerpo!

—¡Pobre miserable! —otro de sus amigos habló sin dejar de reírse —¡Qué bueno que el duque de Lara decidió adoptar a Damián! —se levantó para acercarse a mí —¡Tú jamás vas a poder engendrar!, ¿sabes por qué estoy tan seguro? —me empujó hacia una pared y con su brazo en mi cuello me cortó la respiración —No eres demasiado feo, pero con ese cuerpo tan deprimente y la forma lenta y estúpida con la que hablas, lo único que inspiras en las mujeres es temor a que les heredes a tus hijos la misma enfermedad que padeces —un terrible dolor se extendió por mi cuerpo cuando apretó con su mano mi miembro —y con esta mísera cosa, nunca lograrás excitarlas y si llegaran a gritar, no será de placer, sino de asco... Sin un buen atractivo físico, enfermo mental y casi un eunuco, ¿en verdad pensabas que podrías competir con Damián?

—¿Y si le damos una muestra de lo que debe ser un verdadero hombre? —el tercer amigo alejó al que me sometía para luego obligarme a arrodillarme y azotó mi cara en los duros azulejos del baño —¡ponte flojito!

—¡Ya basta! —Damián me lo quitó de encima —sería divertido ver cómo lo conviertes en tu mujercita, pero si el duque de Lara se entera de lo que le pasó a su hijito, tendré problemas —me aventó mi toalla —nosotros nos vamos, hermanito. Si en verdad te consideras hombre, no vas a andar de chismoso con nuestro padre.

Los tres me escupieron antes de retirarse.

Ese día logré controlar mis deseos de llorar porque me hubiera sentido más humillado de haber permitido que mi debilidad también se demostrara a través de mis lágrimas.

Antes no pensaba en que en verdad mi miembro era pequeño. Ese tipo de cosas no me importaban, pero después de comparar las dimensiones de esos malditos con las mías, ahora tendría que aceptar que ni siquiera iba a conquistar a ninguna mujer por medio del deseo carnal.

Mi vergüenza fue tanta que, sin detenerme a meditar la situación, me dirigí a un conocido burdel para tratar de salvar un poco mi honor, sin embargo, al estar ahí, perdí toda la valentía y di la vuelta para regresar a mi hogar, pero una mujer rubia se interpuso en mi camino.

En nuestra sociedad no es bien visto que las mujeres muestren demasiada piel, pero enfrente de mí apareció una ninfa con un vestido de tela transparente que se ajustaba a su cuerpo como un guante, y también dejaba ver un par de senos muy generosos, (bastante apetecibles para un sediento como yo).

Aquella hermosa mujer me permitió descubrir que, aun sin estar bien dotado, al menos mi pene sí reacciona ante la belleza femenina.

—¡Ven, cariño!, ¡vamos a divertirnos un rato! —extendió su mano e increíblemente se la tomé muy rápido.

Oriana no sólo es una mujer bellísima, también es una persona dulce a pesar de vivir en un mundo ensombrecido por su profesión.

Los dos tenemos la misma edad, (ella mayor por un mes), sin embargo, la experiencia de Oriana en el arte del amor es vasta.

Aunque mis defectos se intensificaron al estar desnudo, Oriana no dio indicios de que le hubiera causado asco, al contrario, me demostró una amabilidad que siempre he querido pensar que es porque al menos le inspiré compasión y no aversión.

Con suaves caricias recorrió lentamente cada parte de mi cuerpo antes de tomar entre sus manos mi diminuto miembro.

—¡Pronto lo haré crecer, cariño mío! —susurró seductoramente en mi oído para después morder mi lóbulo ligeramente, provocando que mi cuerpo entero se estremeciera.

La boca de Oriana reemplazó sus manos y besó tiernamente mi flacucho cuerpo, pero si aquél contacto ya era intenso y placentero, sentir cómo envolvió mi miembro con esa estrecha cavidad fue demasiado, y me derramé por primera vez.

—¡Perdón! —me senté rápidamente para ayudarle a limpiarse la boca —en las reuniones de varones he escuchado que hacer esto es lo peor que nos puede pasar y aunque sabía que era lógico que me sucediera a mí porque soy un idiota, eso no cambia el hecho de que...

—¡Tranquilo, cariño! —juntó mis labios con sus dedos para callarme —hace poco no podías pronunciar bien las palabras, pero acabas de hablar muy rápido en este momento. Tal parece que tu problema se reduce cuando te sumerges en el placer.

—Yo... —lo que dijo me llenó de asombró porque era verdad que había estado hablando sin hacer mis acostumbradas pausas.

—¡Eres especial, cariño! —me empujó suavemente para acostarme y se colocó encima de mí al tiempo en que se desnudó por completo —tienes una piel suave —pasó la yema de su dedo por todo mi pecho —el calor que desprendes es tan intenso que elevas el mío, pero es tu mirada amable la que me tiene en éxtasis —tomó mis manos y las colocó sobre sus senos —¡ahhhhh, cariño!, tu sabor no es para nada desagradable —con su lengua recogió el resto de mi esencia que aún tenía en la boca —eres un hombre sano y sin vicios, por eso no me molestó que derramaras tu semilla en mis labios, pero ahora la quiero dentro de mí.

Oriana sujetó mi miembro y alzó un poco su cadera para luego empezar a introducirlo en su intimidad.

Al sentir su cálida humedad, perdí la capacidad de pensar en otra cosa que no fuera en el deseo de experimentar sin descanso de esa unión que, aunque no era por amor, sí fue lo más grandioso que me había sucedido en toda la vida.

Fue una noche larga. Ni Oriana ni yo nos dimos tregua y a partir de esa vez, ella se convirtió en mi maestra en el "arte del placer", (como lo nombra cada que estamos juntos).

Pasé casi cinco años visitándola una vez por semana y en algún momento consideré convertirla en mi esposa.

El apellido Lara ya estaba asegurado con la incorporación de Damián como miembro de nuestra familia, y a mis treinta y cuatro años decidí pedirle matrimonio. Lastimosamente, la vida suele dar giros inesperados que nos colocan en una disyuntiva de la que no podemos escapar con facilidad, y en una de las tantas fiestas a las que asistía por mero compromiso social, conocí a una hermosa mujer que desbarataría mis planes por completo.

En aquella época, Valeria era una joven de apenas quince años, y esa noche estaba haciendo su presentación en sociedad para encontrar a su futuro esposo.

Siendo un hombre mucho mayor, no le presté tanta atención porque no tenía ningún interés en niñas, pero para mi padre no fue problema considerarla como una excelente prometida para mí, y así me lo hizo saber un día después en plena cena familiar.

—¿Qué no ves que apenas tiene quince años? —grité furioso por la absurda idea.

—Sí, pero desde hace siglos las jovencitas se casan a esa edad con hombres incluso mucho más grandes —respondió mi progenitor sin una pizca de remordimiento —además, si no eres tú, será un anciano... El padre de esa joven es un Barón caído en desgracia y ha perdido su lugar entre los miembros acaudalados de nuestra sociedad. Tú sabes perfectamente que los nobles son capaces de tolerar títulos inferiores, pero quedarse sin un céntimo en el bolsillo es imperdonable, y la única solución que le queda para sobrevivir, es casar a su hija con cualquiera que acepte emparentar con un paria.

—¿Y por qué no pensaste en Damián? —miré al susodicho y éste se rio como si el asunto en verdad fuera gracioso.

—¿Estás loco? —Damián peinó su cabello dorado con sus dedos —esa jovencita no merece llevar el título de duquesa porque su padre es un pobretón y un vulgar cliente del burdel de Madame Loretta, aunque... —su risa aumentó —...tú también vas seguido, ¿no?

—¿Tú vas a esa clase de lugares? —mi pobre madre palideció cuando afirmé con la cabeza.

—Estaba pensando en casarme con Oriana, mi... mi... —de pronto no supe definirla.

—Tu prostituta favorita —finalizó Damián.

—Hijo —mi padre retomó la palabra —no te voy a quitar el deseo de continuar buscando a tu prostituta. Sabes bien que no es mal visto que los hombres tengamos amantes —miró a mi madre y le dio un beso en la frente —yo no lo hice nunca porque amo verdaderamente a mi esposa, pero sé que la señorita con la que te vas a casar es demasiado joven y comprendo que para ti no sería fácil llevártela a la cama, así que no será necesario que la toques hasta que sientas que es tiempo de darle un heredero a nuestra familia —miró a Damián —y ya que entramos en ese asunto, tengo que informarte que no podré cederte el título de duque. Nuestra sociedad es muy estricta respecto al linaje y no aceptaron que un hijo adoptivo adquiera un derecho exclusivo de los pocos nobles que quedamos en este país.

La sonrisa de Damián desapareció por completo al escuchar esa noticia. Ni mi madre, ni yo, estábamos enterados de esto y también quedamos atónitos ante esa información.

Mi pobre hermano se pasó años aprendiendo todo lo necesario para convertirse en un duque respetado, e incluso ya estaba buscando una prometida adecuada para darle a mi padre el nieto que heredaría el ducado.

—Afortunadamente tienes el porte necesario para competir sin problema con los hijos de los nobles —mi padre continuó hablando como si no hubiese notado la rabia que seguramente estaba recorriendo el alma de Damián. —Conozco a varios condes, marqueses, e incluso duques, que debido a su mala situación económica, darían el visto bueno para un matrimonio con sus hijas, y si te casas con alguna que no cuente con hermanos varones, es posible que tu suegro te ceda el título para mantener la posición que perdería con un yerno de menor jerarquía.

Mi padre no dejó de expresar sus ideas para nuestro futuro. Uno en el que desafortunadamente para mi hermano, era el de olvidarse de todo lo que antes se le prometió, aunque en mi caso las cosas no serían mejores. Siendo el próximo duque de la familia, ahora estaba obligado a casarme con una mujer con un poco de linaje para no molestar a nuestro círculo social, y tristemente Oriana no entraba en esa absurda regla.

Al final se hizo la voluntad de mi padre, pero el compromiso con la joven Valeria se oficializó sin mi presencia.

Aun siendo una orden, exigí no casarme hasta que ella tuviera al menos veinte años y también pedí no hacer las acostumbradas visitas de noviazgo. Mi plan era darle la oportunidad a esa joven de encontrar una mejor propuesta matrimonial y si por alguna razón no lograba conseguir un pretendiente, ya vería cómo ayudarla porque una cosa era segura, Valeria nunca aceptaría de buena gana casarse conmigo, ni siquiera para salvar el honor de su familia. En cuanto supiera que no sólo sería la esposa de un hombre que le lleva casi el doble de su edad, tendría que sumar el hecho de que es un anormal que podría darle hijos igual de idiotas, pues es algo que atemoriza a todas las mujeres que me han llegado a tratar, aunque si hubiera sabido lo que mi decisión desencadenaría, jamás habría pedido ninguna de esas tonterías.

Tal como se acordó, Valeria continuó asistiendo a todas las fiestas como si no tuviera ningún compromiso. Su padre, (que sí conocía mi condición), tenía la misma esperanza de que algún noble se enamorara locamente de ella, hasta el punto de olvidar que ya no tiene fortuna, sin embargo, en los cinco años posteriores, nadie se animó a pasar por alto el mal prestigio del señor, sobre todo porque continuaba apostando incluso bienes que ya no poseía.

En cuanto a mí, iba a los bailes solamente para empezar a conocer a quién seguramente terminaría siendo mi esposa.

En aquel entonces Valeria era tímida y casi no hablaba con nadie, pero poco a poco fue desenvolviéndose más conforme se relacionaba con las personas. Siendo tan joven, era lógico que tendría un carácter alegre y soñador. La facilidad con la que se expresaba le ayudó a formar parte de un grupo de jóvenes casaderas, que al igual que ella, tenían el deber de encontrar un buen partido.

Cuando cumplió dieciocho, tengo que reconocer que seguía sin despertarme algún interés, aunque eso se terminó dos años más tarde y una noche dejé de ver a una joven inmadura, para encontrarme con la mujer más hermosa de toda la ciudad.

Lo primero que noté fue su belleza física, la cual intimidaría a cualquiera, (o más bien, a los hombres comunes como yo).

Valeria tiene un rostro demasiado hermoso, su piel blanca luce bastante suave, su largo cabello castaño oscuro algo ondulado junto con sus pestañas igualmente largas, sus ojos verdes grandes y luminosos, su pequeña nariz, (no como la mía, que abarca gran parte de mi cara), sus labios coloreados de un rosa natural que únicamente necesitan de un poco de brillo para hacerlos más tentadores, su figura perfecta que ni el estilo pomposo de los vestidos que usan las jóvenes casaderas, logran ocultar sus encantos, su gran altura, (aunque menor que la mía), su diminuta cintura con curvas bien definidas y unos pechos generosos que el escote apenas deja al descubierto, completan su preciosa imagen.

Estando oculto entre las sombras, también empecé a descubrir su determinación y su valor.

Me gustaba escucharla decir que nunca permitiría que ningún hombre la sometiera porque era una guerrera que le demostraría a nuestra sociedad, que las mujeres pueden ser algo más que esposas. Ella deseaba ser libre para poder aprender lo mismo que se les enseñaba a los varones, ya que es igual de inteligente y estaba segura de que podía desarrollar cualquier trabajo con eficiencia, pero a pesar de querer ese reconocimiento, también ansiaba formar una familia con la persona indicada, y ese anhelo se hizo más intenso después de que se encontró con una anciana gitana, que le rebeló que era una mujer afortunada pues tenía en su dedo el hilo invisible del destino o mejor conocido como el hilo del amor verdadero.

Varios meses la escuché relatar el deseo de que esa persona apareciera pronto en su vida para que no tuviera que resignarse a pertenecerle a un hombre al que no amaba y al que nunca amaría porque sabía que se trataba de un viejo feo, enfermo e idiota.

«¡Quiero conocer ese amor verdadero que me vaticinaron, y quiero tener hijos producto de ese amor!», era la súplica que pronunciaba desde aquel día. «Últimamente sueño con un precioso niño de cabello negro y de hermosos ojos color marrón, ¿será acaso mi futuro hijo?», una sonrisa ilusionada aparecía en su rostro cada que relataba la apariencia de ese pequeño, pero...

«¡No lo creo!, el viejo con el que me quieren casar es un hombre con algún tipo de enfermedad mental que le heredará su mala sangre a mis hijos», el rencor con el que se refirió a mí me demostró que, aunque lo negaba, mi corazón ya había empezado a tenerle un cariño especial que iba más allá del sentimiento de protección con el que quise salvarla de un matrimonio prematuro, por eso me dolió el alma escuchar de su boca la mala opinión que tenía de mí.

Durante años fui un espectador invisible de la fuerza y la ternura que existen en su alma, las cuales no han cambiado ni con el paso del tiempo.

Para mi desgracia, descubrir que Valeria me gustaba como mujer, fue el comienzo de mis más terribles penurias, ya que no fui capaz de ocultar mis sentimientos. Damián se dio cuenta inmediatamente, pero en lugar de apoyarme como hermano, se atrevió a posar sus ojos en ella, aunque no fue por amor, sino por revancha.

Para mi hermano, yo era el verdadero culpable de la negativa de mi padre de otorgarle el título de duque, y si en algún momento me llegó a tener, aunque sea un poco de cariño, éste desapareció porque el odio fue más grande y decidió vengarse con lo que sabía perfectamente que me dolería más.

Anteriormente, Damián nunca le había prestado atención a Valeria. La desgracia de su familia la hicieron a sus ojos más que invisible, pero unos meses antes de la fecha en la que al fin sería presentado a mi prometida, mi hermano me dio la primera de las estocadas con las que juró destruirme.

Su porte gallardo siempre jugó a su favor a pesar de que no tiene un título noble, sin embargo, Valeria no había dado muestras de que Damián le gustara, al contrario, los dos parecían ignorarse, pero fue mi propia estupidez la que le dio a mi hermano una grandiosa ventaja, porque una vez se me ocurrió contarle a mi padre acerca del anhelo de mi prometida de encontrar a su amor verdadero, (lo hice en caso de que ese anhelo se cumpliera y tuviera que romper el compromiso).

Mi hermano escuchó detrás de la puerta del despacho y con esa información en sus manos, comenzó a invitarla a bailar, algo que jamás habían hecho los otros caballeros por culpa de la mala fama del padre de Valeria, y ese gesto debió ser maravilloso para una dama que había estado siendo rechazada en el pasado.

—Esa joven es una mujerzuela disfrazada de cordero —Damián expresó en voz alta al llegar al salón exclusivo de varones después de haber bailado dos piezas con ella —sinceramente hermanito, no te conviene como esposa, es una mujer ligera de cascos que cayó muy rápido con apenas unos cuantos elogios —se sentó en la silla frente a mí y llenó su copa con vino —se nota que le urge encontrar un pretendiente que la libre de estar con un idiota mental, como te acaba de llamar.

«Anormal e idiota mental», dije en mi cabeza, «¿cuántos crueles términos puede usar la gente con personas que no pidieron nacer en condiciones distintas a las suyas?»

—Tienes suerte de contar con el título de futuro duque. De no tenerlo, jamás habrías podido conseguir una esposa porque ninguna mujer quiere procrear hijos con hombres enfermos —la mirada que Damián me dedicó era más cercana al odio que a la burla.

—No tengo ninguna enfermedad —fue mi escueta respuesta, (una que demostraba mi falta de valor para enfrentarlo).

—Vivimos en el siglo XIX, la ciencia todavía no logra explicar la causa de tu padecimiento y en consecuencia, todas las personas piensan que es una enfermedad que le heredarás a tus hijos, por eso ninguna mujer de clase alta aceptó casarse contigo cuando eras más joven. Si esa zorra se convertirá en tu esposa, es simplemente porque su padre sabe que de ese modo su hija obtendrá el título de duquesa que lo salvará de la ruina.

Quería gritar que nada de lo que mencionó era cierto, pero negarlo no iba a cambiar el hecho de que el compromiso con Valeria no se hubiera dado nunca, de no ser por la desgracia de su familia.

—¡Escucha hermano!, como un favor especial, le voy a quitar lo mojigata para que aprenda a complacerte en la cama. A leguas se ve que no tiene ninguna experiencia con los hombres, pero con unas cuantas lecciones de sexo, será toda una experta que te ayudará con tu insipiente manera de tomar a una mujer.

—¡Valeria jamás se rebajaría a ser una amante! —tenía plena confianza en mis palabras.

—¿Qué te apuesto a que sí? —la intensidad de su risa aumentó —ninguna mujer se resiste a mi galanura y esa mosquita muerta no será la excepción.

Mi confianza en Valeria era muy grande porque en el tiempo que tenía de conocerla, me había demostrado una fortaleza indomable que no le permitiría exponer su honra con facilidad, además, ella anhelaba el amor verdadero, su corazón no podía ser engañado por falsas promesas porque es una mujer inteligente, sin embargo, todas mis expectativas se destruyeron cinco días después.

—Abrió las piernas muy rápido —Damián entró en mi cuarto y antes de tirarse sobre la cama, dejó caer frente a mí una ropa interior de dama con rastros de sangre —gritó mucho porque dijo que la penetré muy fuerte, pero es que no se humedeció tanto como las demás y no tenía tiempo de andar esperando a que se acostumbrara a tenerme adentro, aun así, lo hicimos casi una hora.

Yo me encontraba sentado en un sofá pequeño junto al ventanal, con mis ojos fijos en aquella ropa interior que tenían la prueba de que lo que Damián decía no era mentira.

La dulce y tierna Valeria se le había entregado con apenas cinco días de conocerlo.

—Ese es un regalo de parte de tu futura esposa —se levantó para dirigirse a la puerta —dijo que le gustaría restregárselo al viejo enfermo de su prometido para demostrarle que aunque compró a su padre, a ella jamás la iba a someter, pero como soy un buen hermano, pensé en traértelo en su lugar para evitar que te humille —se acercó a mí y colocó una mano sobre mi hombro —¡escucha Lucas!, cuando tengas tu noche de bodas, puedes sacarlo para que tu mente piense que esa sangre virgen te la dio a ti, y no a mí.

—¡Lárgate! —apreté con fuerza mis puños y cerré los ojos para contener el llanto que amenazaba con salir.

—Esa mujer ya te tiene asco sin siquiera conocerte, lo mejor para ti es deshacer el compromiso. Aquí tienes la prueba de que jamás te será fiel porque si no es conmigo, seguramente se acostará con otro. También le aterra la idea de que la toques, pues con tu enfermedad, piensa que un simple roce podría enfermarla también.

—¡Eres un bastardo! —por primera vez me atreví a referirle un insulto y al ponerme de pie me sentí superior porque soy mucho más alto que él y Damián tuvo que alzar la cara para poder mirarme. —Sí desharé el compromiso, pero será para que tú solicites su mano antes de que alguien se entere de lo que hubo entre ustedes.

—¡Jamás me casaré con una mujer usada!, mi futura esposa deberá ser virtuosa y esa ramera no merece ni un poco de consideración, porque una verdadera dama nunca habría aceptado ir a la cama con un hombre que ni siquiera es su prometido.

—Usaste a tu favor su esperanza de encontrar el amor verdadero —lo sujeté de la solapa de su saco y Damián abrió los ojos por la incredulidad de que tuviera la fuerza de inmovilizarlo —Valeria es una joven de alma pura que esperaba una pequeña señal de que eras su hombre añorado y tus atenciones la hicieron creer que su deseo se había cumplido.

—¿Qué... qué mujer se deja embaucar tan rápido con unas cuantas promesas de amor? —se removió en un intento fallido de soltarse, pero mi fuerza fue superior a la suya —Lucas, hermano, lo hice más por ti que por mis bajas pasiones. Sólo quería salvarte de una mujerzuela vestida de cordero y...

—¡Deja de ofenderla! —lo tiré al suelo. Damián se notó desorientado, aun así, se arrastró y se levantó rápidamente.

—¡Maldito estúpido! —viéndose libre, regresó su valor. —No sólo eres un idiota por tu enfermedad que te hace hablar como imbécil. Eres un idiota porque tratas de justificar su traición... El amor nunca es excusa para entregarlo todo sin antes conocer a la persona. Esas tonterías solamente las cree la gente como tú y esa ramera. Y como veo que te falta más experiencia en la vida, seguiré jugando con ella hasta que entiendas que no merece ni un poco de tu compasión.

Damián salió rápidamente de mi estancia y al quedarme solo, me hinqué para recoger la prenda del suelo.

El primer impulso que tuve fue el de romperla, pero algo me detuvo y en su lugar la puse dentro de un baúl en el que guardo las cosas que quiero conservar como recuerdo.

—No me duele que te le entregaras por amor —doblé cuidadosamente la ropa para ocultar la mancha de sangre —lo que me dolió es comprender que nunca me verás como una persona normal, porque para ti siempre seré un enfermo que solamente puede inspirarte asco y miedo —cerré el baúl y deposité la llave en un cajón de la mesa de mi escritorio. —Cuando quiera olvidar lo que en verdad sientes por mí, bastará ver esa prenda para recordarme este momento.

A pesar de que desde niño padecí cientos de ofensas por culpa de mi condición y Damián se burló de mi hombría, jamás lloré ni una sola vez, pero ese día perdí mi fuerza y derramé todas las lágrimas que estuve conteniendo durante años.

Luego de aquello, me encerré varios días en mi habitación. Casi no probaba alimentos y me la pasaba durmiendo largas horas, sin embargo, al ser el administrador de las empresas de mi padre, no podía abandonar mi trabajo y a las dos semanas me obligué a continuar con mi vida como si nada hubiera pasado, aunque la realidad es que las cosas no hicieron más que empeorar.

Damián había cumplido su amenaza y siguió embaucando a Valeria, pero lo peor es que los chismes de su relación recorrieron la ciudad entera, (incluso nuestros socios lo comentaban en voz baja).

Mi padre se enteró y le pidió a Damián una explicación, pero la única que le dio, fue que Valeria se le ofreció.

La ira de nuevo me invadió y le exigí que contara la verdad, pero a mi padre poco le importó cómo sucedieron las cosas, pues ya se había instalado en su mente la idea de que Valeria era una mujerzuela que buscaba hacerse de un marido guapo y sano porque pensaba que de todas maneras obtendría el ducado ya que al final de cuentas, Damián llevaba el apellido Lara.

—¡Esa miserable se va a quedar con las ganas de convertirse en duquesa! —mi padre pronunció las palabras que tanto temía —mañana mismo voy a ir a deshacer el compromiso con Lucas, y tú Damián, harás público tu noviazgo con la señorita Mariel para ver si esa convenenciera tiene el valor suficiente de continuar alardeando que es tu prometida, cuando todo el mundo sabe que Lucas era quien iba a desposarla.

—¡Claro que sí padre! —Damián se vio muy contento y hasta me guiñó un ojo —te noto sorprendido hermano... bueno, es lógico porque no sabías que el duque Julián Cervantes casi me suplicó que aceptara la mano de su hija. La familia de Mariel ya no tiene fortuna y como no es muy bonita que digamos, nadie la toma en cuenta y sinceramente yo tampoco tenía interés en ella, pero siendo un bastardo, como bien me definiste, su padre ofreció cederme su título con tal de que aceptara el matrimonio.

—¿Cómo puedes olvidar que Valeria te entregó su pureza? —me levanté de la silla y Damián hizo lo mismo para poner distancia —mancillaste a una inocente y es tu deber reparar la falta.

—Nadie la obligó a meterse en mi cama —Damián caminó hasta colocarse detrás de la silla donde estaba mi padre —una mujer decente no haría cosas como esas, ¿no lo crees, padre?

—Así es Damián. Esa muchachita labró su desgracia porque una cosa es no amar a su prometido, y la otra arriesgar su honra para obtener un beneficio que no era seguro —mi padre se puso de pie y me miró duramente. —¡Olvida que esa mujer alguna vez fue tu prometida!, prefiero verte casado con la prostituta que no te rechazó, a ver cómo eres la burla de una mujerzuela que quiso humillarte solamente porque no eres como los demás hombres.

Mi padre salió de su despacho sin decir una palabra más.

—Te dije que esa mujer no merecía ni un poco de tu compasión —Damián habló desde la puerta, (que dejó abierta por precaución) —quizás pude engañarla una vez para que se acostara conmigo, pero lo siguió haciendo todos los días durante dos meses e insistió en hacer evidente nuestra relación cuando escuchó el rumor de mi compromiso con Mariel... ¿Qué mujer bondadosa querría perjudicar a otra persona?... No solamente se burló de ti, también quiso ganarle la partida a Mariel.

Tenía tan pocas fuerzas en mi alma, que no fui capaz de responderle ni con palabras.

Damián se fue, y yo decidí ir al único lugar en el que encuentro un poco de paz.

—¡No me gusta verte triste, cariño! —Oriana me entregó una taza de té y se sentó a mi lado en su cama.

—Sé que tú aquí te enteras de muchas cosas y presiento que sabes mejor que yo lo que ha estado pasando en mi vida —no me atreví a mirarla porque con ella la vergüenza de ser un imbécil es mucho mayor.

—En eso tienes razón —suspiró y cubrió sus senos con su bata de seda roja —no puedo afirmar que todo lo que dicen sea cierto, pero de una cosa sí estoy segura, lo mejor es que te olvides de esa mujer.

—¿Por qué debería? —la miré y ella giró su rostro —tú sabes más de lo que quieres decirme —tomé su mentón para hacer que me mirara —¡por favor!, ¡dime lo que sea!, ¿qué no ves que me estoy desmoronando y no hay nadie que me brinde un poco de claridad en esta oscuridad que está destruyendo mi alma?

—¡Es que no mereces lo que esa mujer te está haciendo! —sus ojos se cristalizaron, no obstante, se negó a llorar.

—¡No me está haciendo nada!, ni siquiera me conoce y... —apreté mi garganta para que no escapara un sollozo —no tiene ninguna obligación conmigo y yo... yo sólo quiero ayudarla porque fue mi hermano el que provocó todo esto.

—¡Está bien, cariño! —limpió con su dedo una lágrima en mi mejilla que no sabía que había derramado. —Esa joven viene con tu hermano cada viernes. Desconozco si la idea de no cubrir su rostro fue suya o de él, pero nunca intentó ocultar su identidad y como Damián la pasea primero por todo el burdel para después anunciar que irán a jugar un rato, supuse que ella está de acuerdo en que la gente sepa que te está poniendo los cuernos.

—¿Cómo podría ponerme los cuernos si todavía no anunciamos el compromiso y ella no sabe quién es su prometido? —le sonreí para desaparecer de su rostro el halo de tristeza con el que me miraba.

—No soy de la clase alta, cariño, pero conozco perfectamente cómo se hacen los acuerdos matrimoniales y el primer paso es comunicar el compromiso en todo el círculo social de los nobles, así que tus socios y sus familias están muy bien enterados de que la "señorita" Valeria Medina Valenzuela, es la prometida del futuro duque, Lucas de Lara Alcalá.

«¡Y yo que pensaba que las cosas no podían ser peores!», me recriminé mentalmente.

—Pero eso no es lo más grave —Oriana redujo el tono de su voz —creo que esa relación ya tuvo consecuencias.

—¿Consecuencias? —mi privilegiada inteligencia me abandonó para protegerme de lo que significaban esas palabras.

—Esa jovencita todavía no se da cuenta, pero las demás chicas y yo conocemos de sobra los síntomas de las mujeres preñadas y presiento que pronto estallará el escándalo de que dio su mal paso.

—¿Ella está... —mi voz temblorosa aunada a mi problema vocal me hizo parecer más imbécil de lo que soy.

—¡Sí te duele! —me jaló para poner mi cabeza sobre sus pechos. —¡Ay, cariño mío!, no te imaginas lo mucho que le pedí a Dios que no sintieras nada por esa mujer, pero mis ruegos llegaron tarde —besó amorosamente mi cabello —¡llora, cariño!, no guardes el dolor dentro de tu corazón. Lo que menos deseo es que tu preciosa alma se corrompa a causa de la tristeza.

«¿Por qué tenía que fijarme en una mujer que en realidad nunca estuvo destinada a mí?... Sí tan sólo no hubiera insistido en conocerla en las sombras, su aversión por mi condición habría terminado con el compromiso mucho antes de que Damián decidiera usarla como un medio para lastimarme... Quisiera odiarla por dejarse envolver por las mentiras de mi hermano, pero ¿cómo podría culparla por buscar la felicidad que sus padres y yo le estábamos arrebatando?... ¡La cruel verdad es que soy el único causante de su desgracia!»

Nada lo dije en voz alta, pero sí me dediqué a llorar en los brazos de Oriana como si fuera un niño. Ella simplemente me permitió desahogarme e intentó consolarme con tiernas caricias en mi espalda y amables besos en mi rostro.

—¿Ya estás más tranquilo? —moví mi cabeza para asentir —bueno, si ya te has liberado de tu dolor, ¿podría terminar de curarte con un poco de amor apasionado? —se despojó de su bata de seda para dejar al descubierto su precioso cuerpo desnudo.

Oriana es una mujer increíblemente hermosa. Ver su cuerpo al natural siempre eleva mi temperatura y despierta mis más bajas pasiones, pero en el momento en que observé su cara, el rostro sonriente de Valeria fue el que vi, y mi pene se negó a responder.

—¡Perdóname, Oriana! —bajé la mirada ante la vergüenza de que ella se diera cuenta de que perdí la erección.

—Esa mujer no sólo me robó el lugar que siempre deseé tener en tu corazón. También me arrebató tu cuerpo —quitó rápidamente una lágrima de su mejilla. —Y eso que no la has tratado —se rio con amargura —no me quiero imaginar lo mucho que habrá de enamorarte cuando hables con ella.

—El observarla con la ventaja del anonimato, me permitió descubrir que por dentro es una mujer con una gran fuerza, valor, dulzura y pasión. Todas esas cualidades despertaron mi admiración y poco a poco aquello se fue transformando también en deseo.

—Me gustaría creer que te negaste a incluir el sentimiento del amor porque no estás seguro de que la ames, aunque presiento que me estoy engañando, al igual que tú.

—El amor está reservado para personas normales, pero debo admitir que Valeria me transmite algo muy intenso.

—¿Más intenso que lo que has vivido a mi lado? —su tristeza me produjo otro dolor que, aunque diferente, era igual de fuerte.

—Nada podrá compararse a lo que he vivido a tu lado —le sonreí sinceramente y ahora fui yo el que la atrajo para que recargara su cabeza en mi pecho. —Lo de Valeria es algo nuevo e incomprensible y más que felicidad, lo único que he sentido es un dolor demasiado grande que opaca incluso los malos momentos que viví en mi niñez... Supongo que se debe a que pensaba que un compromiso, aún sin amor, debería ser respetado... Esa joven era lo más cercano a mi deseo de formar una familia y tenía la esperanza de que por lo menos nos respetaríamos y con suerte llegaríamos a sentir afecto mutuo, pero finalmente me di cuenta de que ese pensamiento fue injusto... Valeria no tenía la obligación de respetar a una persona que no conoce y que además le fue impuesta por su padre... Ella es muy joven y merecía tener su propia historia de amor verdadero, aunque para su desgracia, mi hermano la utilizó contra mí sin importarle que la más perjudicada sería Valeria, no yo, y el saber que por mi culpa su vida puede ser destrozada, me hace sentir miserable.

—Nadie la obligó a convertirse en la amante de tu hermano y cada que viene aquí, no parece ni un poquito avergonzada cuando entra al cuarto a tener sexo.

—El amor nunca provoca vergüenza y si Valeria viene aquí sin importarle que su buen nombre quede en entredicho, tal vez es porque en verdad está muy enamorada de Damián.

—¡Sí claro, cariño! —se rio y mi corazón se estrujó sin razón —el placer en una inexperta es peligroso. Cualquier cosa que haga el hombre, le parece lo mejor del mundo, así que yo más bien creo que lo que ama de Damián, son las sensaciones que la hace sentir cada que la toma como si fuera una mujerzuela.

—Damián no...

—Cariño, mis compañeras ya se han acostado con tu hermanito y dicen que jamás las ha tratado con delicadeza. Es una bestia en la cama, y no lo digo como halago. Es brusco, entra, sale, se derrama y se larga. Eso aparte de no ser nada romántico, demuestra que ni siquiera le tiene respeto a su amante. Si no sabe dar placer sin ser violento, jamás complacerá a ninguna mujer.

—Algún día entenderá que tiene que ser más tierno. Sólo espero que sea Valeria la afortunada que logre ese milagro.

—Pues yo dudo que ese desgraciado cambie. Es un hombre con la suficiente maldad como para atemorizarme —alzó su rostro y ambos nos miramos a los ojos —¿Te puedes quedar a dormir conmigo?, te prometo que no intentaré aprovecharme de ti —me sonrió coqueta —estoy presintiendo que ya nunca volveré a tenerte como amante, pero al menos deseo estar en tus brazos por última vez.

—No seremos amantes, pero te puedo jurar que serás la única mujer que siempre tendrá un lugar especial en mi corazón —acaricié su mejilla y Oriana sollozó —ni siquiera amando a otra persona, lograrán apartarte de mis pensamientos en mi último aliento de vida, porque fuiste y siempre serás la mujer que me aceptó sin demostrar ni un solo gesto de compasión o de asco, y eso para mí es lo más valioso que alguien pudo darme.

—¡Te amo, cariño! —besó fugazmente mis labios —eres lo único puro y hermoso que he tenido en este mundo lleno de inmundicia... Siempre estaré a tu lado como tu mejor amiga, ¡te lo prometo!

Los dos nos acomodamos en la cama y sin apartarnos ni un centímetro, nos quedamos dormidos fuertemente abrazados.

Al día siguiente salí del burdel más sereno y con mis emociones contenidas.

                                                                                                                                            ***

Siendo que los chismes de la relación de mi antigua prometida y hermano se redujeron al pasar el tiempo, llegué a creer que las sospechas de Oriana respecto al embarazo de Valeria estaban erradas y continué mi vida con normalidad.

Mi corazón y mi mente se empezaban a curar y estuve a punto de regresar al burdel para retomar mi plan de casarme con Oriana, pero nuevamente la vida me colocó en una situación en la que tendría qué decidir si le daría la espalda a los problemas de los demás, o extendería mi mano para salvar la vida de dos inocentes.

Un día los socios de las tierras ganaderas, me invitaron a una fiesta para cerrar un trato con un noble extranjero.

No tenía muchas ganas de volver a presentarme en lugares concurridos, (al menos no por un tiempo), pero mi madre me convenció de ir para demostrarle a la gente que el asunto de mi fallido compromiso no me afectó en lo absoluto, y aunque dudaba que eso resolviera el problema, acepté solamente porque el negocio era muy lucrativo.

La reunión con los nobles y el grupo ganadero se extendió más allá de la media noche. El aburrimiento que me produjeron las conversaciones que se dieron después de que firmamos los contratos fue tan grande, que opté por salir a tomar un poco de aire fresco para no caer en la tentación de dormirme en el sillón.

El viento frio caló mis huesos. Tontamente olvidé ponerme mi abrigo y estaba a punto de entrar a buscarlo, cuando escuché unos sollozos a escasos metros de mí.

La curiosidad me dirigió hacia donde provenía aquel lastimero llanto, y descubrí que quien lloraba con amargura era Valeria, pero mi alma casi salió de mi cuerpo al notar que en sus manos tenía un cuchillo que colocó en su vientre. Sólo necesitaba empujarlo para herirse mortalmente y corrí hacia ella para detenerla.

—¡Déjeme! —me golpeó la cara con el puño —¡tengo que desaparecer este maldito error antes de que crezca! —exclamó con desesperación.

«Ella dijo, ¿antes de que crezca?», formulé la pregunta en mi cabeza e inmediatamente supe a lo que se estaba refiriendo.

—¡No es un error porque fue concebido por amor! —traté de hacerme escuchar a través de sus quejidos lastimeros.

—¿Concebido por amor? —se rio como si estuviera perdiendo la razón, y al fin sus ojos se posaron en mí —¿Quién eres?

—Eso no es importante —miré hacia una esquina del patio porque escuché unas voces a lo lejos —lo mejor es irnos antes de que alguien se dé cuenta de nuestra presencia —me puse de pie y la ayudé a hacer lo mismo —¡por favor, no vayas a alzar la voz!, ¡te prometo que te llevaré a un lugar en el que podrás maldecir todo lo que quieras!

—¿Por qué hablas como si tuvieras algo en la boca que no te permite mover la lengua? —la intensa mirada que me dirigió me hizo temer a que sospechara que era su antiguo prometido.

—Te lo explico después —como las voces se escucharon más cerca, me vi en la necesidad de cargarla y Valeria me miró con miedo —¡no te haré nada!, pero si seguimos perdiendo el tiempo, mañana seremos la comidilla de toda la ciudad.

Por suerte me permitió llevarla y tampoco opuso resistencia cuando le pedí que subiera a mi carruaje.

—¿Tú vas a guiar a los caballos?, ¿qué no tienes cochero? —supuse que su miedo se debía a que el carruaje era demasiado pequeño y estábamos muy juntos, o tal vez le preocupaba caerse porque hasta se aferró a mi brazo.

—¿Piensas que quiero matarte? —arreé los cintos para que los caballos se pusieran en marcha y centré mi atención al camino —es gracioso porque hace un momento estabas muy decidida a irte al otro mundo —me reí sin querer, pero Valeria me dio un fuerte pellizco.

—¡Es usted un grosero!, ¿le parece bien burlarse de una dama? —a pesar de su enojo, no me soltó, y en vez de eso se dedicó a observar mi rostro —me parece que ya lo he visto antes, pero no logro recordar de dónde... insisto, ¿Quién es usted?

—¡Mira! —señalé con mi brazo libre un parque —detrás de esos árboles podrás gritar todo lo que quieras —la miré un segundo y le regalé una tímida sonrisa —tienes que sacar de tu pecho todo el dolor que llevas en tu corazón.

—¿Usted me conoce? —sus mejillas se sonrojaron y por fin dejó de observarme —me imagino que sí. ¿Quién en esta ciudad no está enterado de mis amoríos con un maldito que sólo me usó mientras conseguía una prometida adecuada para su nueva posición social?... ¡soy un asco de mujer!

—¡No lo eres! —detuve el carruaje y bajé aprisa para ofrecerle mi mano —¡ven!, lo mejor es que te desahogues para que empieces a darte cuenta de que las cosas que se hacen por amor jamás serán motivo de asco.

—Nuestra clase no admite ese tipo de desliz y menos en una mujer —sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas y extrañamente mi corazón dolió. —Ahora me he convertido en alguien igual que las prostitutas y lo peor es que en mi... —pasó sus brazos alrededor de su vientre —... ¿qué voy a hacer con esto que llevo aquí dentro?

—Amarlo es un buen inicio —amplié mi sonrisa, sin embargo, Valeria lloró más fuerte —sé que en este momento mis palabras no te sirven de nada, por eso quiero que te permitas liberarte primero del rencor que sientes por ti misma, para que después pienses en lo que es mejor para ustedes.

—¿Se refiere a esta cosa y a mí? —de nuevo se rio con amargura —¡nunca le veré lo bueno a tenerlo!... Todavía estoy a tiempo de deshacerme de él... Sin este problema, tal vez podría embaucar al viejo anormal con el que mi padre quiere que me case. Dicen que es tan idiota y feo, que ninguna mujer lo aceptará como esposo... Si lo seduzco, no le importarán los chismes porque el pobre seguramente sigue siendo virgen y...

—Y probablemente te aceptará con tu bebé porque al ser un anormal, no creo que sea capaz de dar hijos y si de milagro pudiera, lo más probable es que nazcan con su misma enfermedad.

—Eso no lo había pensado —increíblemente la idea la hizo sonreír —¡tiene razón!... si me acuesto con él, será muy fácil decir que este bastardo es suyo. De esa manera ni su padre, ni nadie en nuestra sociedad, podrá impedir que nos casemos, aunque... —hizo una mueca de asco —... si ese viejo me toca, podría pegarme su enfermedad.

«¡En verdad duele escucharla decir eso!», si hubiera podido, habría tocado mi pecho al sentir esa horrible punzada que me atacó en cuanto esas palabras salieron de su boca. «Jamás creí que Valeria podría ser así de cruel», pensé con tristeza. «En el tiempo que llevo de conocerla, nunca la escuché hablar con esa frialdad y descaro, aunque si lo analizo, el dolor que le ocasionó Damián debe ser muy grande, por eso se está comportando de esa forma»

—No lo entiendo —su voz me sacó de mis cavilaciones y la encontré mirándome con amabilidad —¿sabe?, nunca he hablado con ningún hombre con naturalidad a excepción de mi padre. Alguna vez intenté hacerlo con el bastardo que se aprovechó de mí, pero jamás sentí esta confianza que usted me transmite, y en lugar de conversar sobre nosotros, lo único que hacíamos era... —sus mejillas se pusieron del color de la granada y giró su rostro —supongo que eso también lo conoce... En las fiestas ya nadie cuida su lengua, y han dicho en voz alta que me veían entrar a un asqueroso burdel con ese infeliz —regresó su atención a mí.

De repente trató de bajarse del carruaje, pero como la altura entre el suelo es muy alta, no midió bien el salto y de no ser porque actué con rapidez, se habría lastimado, y en su estado hubiera sido peligroso. El problema es que para sostenerla tuve que abrazarla y lo más incómodo es que nuestros rostros quedaron demasiado cerca.

—Usted habla muy extraño, pero... —puso sus manos en mi cara —no creo que sea ese hombre, ¿verdad que no lo es?... No se ve viejo.

Con un dedo se dedicó a delinear mi rostro. Conforme lo hacía, sus ojos se fueron llenando de lágrimas.

Percibir el suave tacto de su dedo, y absorber el dulce aroma de su perfume, empezó a despertar en mí algo que nunca había sentido. Mi corazón se puso a latir como loco, y aquello impidió que respirara con normalidad, pero si eso me había puesto nervioso, todo a mi alrededor dejó de existir, en el momento en que vi el precioso verde esmeralda de sus ojos, los cuales me miraron de una forma en la que nunca pensé que pudiera mirarme la mujer que tanto me odia, pues en lugar de encontrar una expresión de asco, tenía una que asocié con el afecto, y en mi estado de confusión y anhelo, estuve a punto de acercarme para robarle un beso.

El grito lejano de un velador evitó que cometiera otro de los peores errores de mi vida, y en un rápido movimiento, la alcé para devolverla a su asiento y corrí para acomodarme en el mío.

—¿Por qué no me dice quién es? —esta vez habló molesta y con un tono desesperado que me desconcertó —¡no pueden ser el mismo!, pero si lo son, no lo voy a soportar.

—¿Lo dices porque hablo como un idiota? — azucé a los caballos y luego conduje rumbo a la mansión de los Medina —¿qué harías si yo fuera ese viejo anormal al que tanto desprecias?

—¡No lo dije por eso!... Además, yo... yo no quise llamarlo de esa manera —su voz cambió a un tono nervioso —lo que pasa es que...

—No voy a repudiarte por expresar en voz alta lo que piensas —respondí tranquilo y sin apartar la mirada del camino —lo que te dije es verdad... Ser un anormal, quizás me condenó a no poder procrear y por buena suerte, tú ya resolviste ese problema.

—¡Perdóneme!, en serio no quise decir esas cosas tan horribles —sujetó mi brazo y lo que antes fueron diminutas lágrimas, se convirtieron en un mar —no vaya a creer que era cierto eso de que me acostaría con usted para achacarle a esta...

—¡No lo vuelvas a llamar cosa! —jalé mi brazo para obligarla a soltarme y me detuve en medio del camino para mirarla a los ojos —anormal o cosa, son definiciones muy crueles y no te imaginas lo mucho que duelen... Tu bebé apenas se está formando, pero las creencias refieren que es posible que ya nos escuchen y ese pequeño inocente no merece recibir tu odio, menos cuando no fue él quien te colocó en esta situación.

—¡Es que tengo miedo!, mi padre va a matarme si se entera de que cometí un desliz con un hombre que no era mi prometido.

—¿Damián no te ofreció reparar su falta? —sus ojos se abrieron por la impresión.

—¿Conoce a ese maldito?

—Sí lo conozco —no amplié mi respuesta porque no quería sumarle otro dolor si sabe que es mi hermano.

—Me prometió casarse conmigo cada día que estuvimos juntos, pero ... —con sus manos se cubrió la cara —... luego dijo que va a casarse con la hija del duque Cervantes... Esta noche en la fiesta, todos me miraron con reproche y como no fui capaz de soportarlo, tomé un cuchillo de la cocina para acabar con mi vida y fue ahí cuando usted apareció —su llanto se había hecho tan intenso, que apenas podía hablar y lo peor es que intentó volver a saltar del carruaje.

—¡Espera! —la sostuve de la cintura y aunque luchó para soltarse, desistió al ver que, aunque soy un flacucho, sí tengo bastante fuerza —lamento lo que te sucedió.

—Probablemente lo está disfrutando —en un segundo pasó del llanto al enojo y se limpió con coraje sus lágrimas, para después dedicarme una mirada llena de odio —¡me lo merezco! ¿no?... después de todo le falté durante el tiempo en el que estuvimos comprometidos y sinceramente no me arrepiento porque no lo amo y...

—Nunca me vas a amar —completé por ella y eso pareció haberle dolido, aunque dudo que fuera así. —Ni tú ni yo nacimos para ser una pareja... Somos completamente diferentes y no me refiero a la posición social... Tú eres una mujer sana y normal, mientras que yo soy un idiota que además te lleva muchos años... El amor entre nosotros está completamente descartado, pero tal vez podamos ayudarnos mutuamente.

—¿A qué se refiere? —quiso retirar disimuladamente el brazo que tenía cerca de mi mano, y otro malestar se instaló en mi pecho al comprender que sí le doy asco.

—Mañana enviaré una misiva a tu padre para que te permita ir a la mansión Lara. Si aceptan, nos veremos por la tarde porque primero debo resolver unos asuntos y si todo sale bien, te ofreceré una solución que estoy seguro no vas a rechazar.

—Pero es que... —alcé un dedo para indicarle que guardara silencio.

—Eres muy inteligente. Sé que irás porque en realidad no quieres morir, sino ser una mujer libre, y yo puedo darte esa libertad que tanto ansías.

Valeria simplemente movió su cabeza para asentir. Como la noté más tranquila, continué nuestro camino a su casa.

Al llegar, ella se bajó como pudo. Yo no me animé a ayudarla porque desde que supo quién era, empezó a mantener distancia por culpa de sus pensamientos ignorantes respecto a que tengo una enfermedad contagiosa.

En cuanto entró a su casa, me puse en marcha hacia la mansión Lara.

Durante el trayecto me la pasé ideando la manera en la que abordaría el tema con mi padre, pero ni la noche en vela, ni las horas siguientes, me sirvieron para encontrar las palabras que lo convencieran de aceptar mi plan, y al final terminé por improvisar.

—¡Jamás aceptaré que te cases con una ramera! —su estruendoso grito retumbó por toda la mansión.

—¿Qué pasa? —mi madre entró al despacho asustada, y corrió hacia mí porque pensó que mi padre tenía la intensión de pegarme.

—Este idiota quiere desposar a la libertina de Valeria Medina —pronunció con furia.

—¿Por qué, hijo? —mi madre sostuvo mi rostro entre sus manos —si tanto quieres una esposa, entonces puedes casarte con tu prostituta... Al menos aquella mujer no lleva en su vientre el hijo de otro hombre.

—Mamá, si yo nací con esta condición, ¿qué te hace pensar que soy un hombre capaz de engendrar?... He estado con Oriana desde hace más de cinco años y ella nunca se embarazó.

—¡Eres muy inocente, hijo! —mi madre me sonrió con lágrimas en sus ojos —hay métodos para evitar un embarazo, o tal vez esa mujer es la que no puede concebir.

—¡Escuchen! —mi padre volvió a alzar la voz —me importa poco el tema de los hijos. No quiero emparentar con esa mujerzuela porque es una aberración considerar la idea de que te cases con la mujer que ha sido de tu hermano, o es que ¿serás capaz de olvidar que han retozado infinidad de veces?... te puedo asegurar que siempre tendrás en la mente la imagen de esos dos en la cama, haciendo las cosas que sólo debió compartir contigo.

—Padre, sé que consideras a Damián como si fuera tu hijo. Si es verdad lo que digo, no creo que quieras que tu nieto muera o tenga una vida miserable.

—Si se acostó con Damián, también pudo acostarse con otros hombres —mi padre no iba a darse por vencido —que sea hijo de tu hermano, será una duda que siempre tendré en mi mente.

—Valeria ama a Damián. Dudo mucho que le haya sido infiel —caminé hacia mi padre y me arrodillé frente a él —tú querías darle a Damián el título de duque para que con sus descendientes mantenga vivo el apellido Lara, aunque desafortunadamente eso no pudo ser... Quizás yo soy quien no puede dar vida y por eso Oriana no concibió un hijo mío, pero con el bebé que Valeria lleva en su vientre, tu deseo será cumplido.

Mi padre negó con la cabeza. Mi madre no dijo nada, pero sé que estuvo de acuerdo conmigo en el momento en que puso su mano en el hombro de mi padre y él asintió a mi ruego.

—Todo irá bien —les sonreí confiando en que así sería —Valeria será mi esposa, y su bebé será mi hijo... ¡el futuro duque de Lara!

Con esa afirmación, dimos por terminado el asunto.

Aún faltaba una hora para la llegada de Valeria, (su padre envió una carta aceptando la invitación).

Mientras esperaba, salí junto con mi madre a dar un paseo por su jardín de rosas, que siendo tan extenso, nos tomó un poco más del tiempo planeado y al regresar, subí corriendo las escaleras para cambiarme de ropa, pero al abrir la puerta de mi recámara, el mundo entero se me vino encima.

—¡Ahhhh! —fue el grito de placer de Valeria, que yacía en mi cama con la falda de su vestido medio enrollado en su cintura y sobre ella se encontraba mi hermano completamente desnudo.

—¡Eres una zorra, Valeria!, mira que aceptar tener relaciones en la cama de tu prometido —Damián se rio estridentemente —eso es algo que ni las infieles se atreverían a hacerles a sus cornudos esposos.

Valeria no respondió con palabras. Estaba demasiado absorta en el placer que le daba mi hermano, que ni siquiera se dio cuenta que alguien había entrado y estaba presenciando sin poder evitarlo, como se desfiguraba su rostro con cada penetración que recibía.

Esa imagen de Valeria jamás podré olvidarla.

Ambos se encontraban atravesados en mi cama y eso me dio una vista muy detallada de los dos.

Valeria tenía los ojos cerrados. Sus piernas al lado de Damián apresaban su cadera para mantenerlo unido a ella. Con sus manos en puño se aferraba mi almohada para sobrellevar mejor las fuertes embestidas que hacían que su cuerpo pareciera el de una muñeca a la que agitaban sin piedad. Sus senos casi se estaban saliendo del escote y Damián se los apretó al tiempo en que me miró con burla.

—¡Ves cómo sí es una ramera, hermanito! —presionó más fuerte los senos femeninos como si hubiese querido destrozárselos y Valeria gritó de dolor.

—¿Qué haces? —ella abrió los ojos, pero como mi hermano no le respondió, giró el rostro para ver hacia el lugar donde estaba mirando. Al darse cuenta de mi presencia, se puso más blanca que una hoja de papel, y trató de empujar a Damián.

—¡Ah no, ramera! —la empezó a penetrar con rapidez —¡muéstrale a mi estúpido hermano cómo gritas de placer!

—¡Por favor, Damián... ¡me... —Valeria golpeó su pecho en otro intento fallido de quitárselo de encima, pero para mí esto ya había durado demasiado.

—¡Lamento la interrupción! —hice una reverencia casi hasta el suelo para apartar la mirada de esos dos —señorita Medina, cuando terminen y si todavía requiere mi ayuda con su problema, me puede encontrar en la fuente que está detrás de la mansión.

Sin dirigirles otra mirada, escapé de mi recámara a toda velocidad para luego echarme a correr hasta la fuente del patio trasero.

—¡No llores, Lucas! —me dije con odio al sentir un picor en los ojos y golpeé la piedra de la fuente con los puños —¡tú ni siquiera la amas y además siempre supiste que no era para ti! —como el dolor en mis nudillos no sirvió para contener el patético sentimiento de la decepción, cerré mis ojos ante la amenaza de las lágrimas. —¡El amor que le tiene debe ser demasiado grande!, por eso no se da cuenta de que Damián sólo la está usando en su afán de lastimarme, pero a pesar de lo que viste, él no va a cambiar sus planes de casarse con la señorita Cervantes, y si eso pasa, Valeria podría volver a intentar acabar con su vida —sus gemidos de placer se colaron en mis pensamientos y esta vez golpee mi cabeza para desaparecerlos —¡piensa en el bebé!, ¡no pienses en ella! —abrí de nuevo los ojos y con mis manos ensangrentadas, retiré las pocas lágrimas que me permití derramar.

En el reflejo del agua de la fuente, observé mi deplorable imagen.

Mi cara tenía manchas de sangre que me apresuré a limpiar e hice lo mismo con la de mis puños. Una vez que no quedó más que los raspones en mis nudillos, saqué de mi pantalón unos guantes que me coloqué para ocultar las heridas de mis manos.

—¡Soy Lucas de Lara! —levanté la vista hacia el cielo —soy un caballero y como tal he de comportarme, por eso voy a ayudarla sólo por su bebé... Al final de cuentas, fue por mi culpa que Damián decidió deshonrarla y mi deber moral me impide abandonarla a su suerte, pero juro que este día no voy a olvidarlo en lo que me reste de vida, porque para esa mujer sólo soy un viejo enfermo al que desprecia, y no me perdonaría cometer el error de entregarle mi corazón para que termine de destrozarlo.

Con esa promesa sellé mi destino, uno en el que tenía que enterrar mis sentimientos por el bien de todos... menos del mío.

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