El viejo conserje

Capítulo 1

Mi nombre es Mariana Rivas, soy una chica de dieciocho años: alta, rubia y con una apariencia que los hombres describen como “hermosura”, sin embargo, nunca me he sentido de esa manera.

Para mí el atractivo de una persona no se basa en su apariencia, sino en sus buenos sentimientos. Es por eso que considero a Don Filomeno como el mejor amigo de toda mi corta vida. Él es un señor de cincuenta y dos años que trabaja en mi escuela como conserje. Su estatura es casi la mía, salvo por los pocos centímetros menos que lo hacen verse más bajito que yo. Es algo panzón. Su cara es redonda y tiene varios lunares. Su sonrisa es dulce a pesar de que tiene chuecos algunos dientes. Es moreno y muy peludo. Su cabello ya pinta canas plateadas que resplandecen con el sol.

Desafortunadamente, mis compañeros se burlan de él y le gritan que es un horrible monstruo, pero para mí es un hombre tierno y muy cariñoso.

Nos conocimos cuando entré a la preparatoria. Desde el primer momento simpatizamos, aunque no hablamos sino hasta tres meses después.

Yo siempre me he sentido fuera de lugar en las conversaciones de mis compañeros. Su gusto por el destrampe me aburre y en una ocasión en que escapaba de una plática absurda con ellos, encontré a Don Filomeno.

No sé por qué, pero me animé a platicar con él y me maravillé por su paciencia al escucharme y por las respuestas maduras que da. Es en verdad un hombre sabio. Su edad le ha dado una gran experiencia que me cautiva y no hay día en que no lo busque para continuar oyendo las maravillas que salen de su boca. Para mi tristeza, hace un mes nuestro trato comenzó a cambiar, (casi fue cuando me hice novia de un chico popular de nombre Erik).

Aquel día llegué emocionada a contarle que finalmente tenía un novio, pero mientras más hablaba, el rostro de Don Filomeno se ponía triste y aunque me felicitó, desde ese día ya no hemos vuelto a hablar. Yo lo veo desde lejos y mis distracciones enfadan a mi novio. Dice que parece que no me importa y a veces siento que tiene razón. No sé si lo quiero o estoy con él solamente porque no deseaba quedarme atrás de mis compañeras que tuvieron novio desde los doce años.

Los días siguieron pasando y la soledad que dejó el aislamiento de Don Filomeno empezaba a dolerme más y por si esto no fuera suficiente, una tarde en que estaba decidida a entregarme a mi novio para demostrarle mi amor, escuché algo que me hizo enfurecer.

—Entonces Erik, ¿sí te vas a echar a la Mariana?

—¡Claro Bro!... ese culo va a ser mío.

—Pero luego nos la vas a dejar para que también nos la cenemos, ¿verdad?

—Sabes que siempre les regalo mis trofeos. La exótica Mariana me las va a dar toditas y cuando ya no valga nada, se la reparten.

Todos se rieron de sus palabras. Yo por mi parte estaba furiosa. Ese idiota sólo quería ser el primero y jactarse de eso, pero se iba a quedar con las ganas.

Decidida entré y de inmediato se quedaron callados.

—Lo pensé mejor y no quiero andar con un niñito idiota y de pequeñas proporciones, así que terminamos.

Rápidamente salí de la escuela y me fui a mi casa. Al llegar azoté la puerta y mi madre bajó a ver qué sucedía.

—Hoy iba a cometer el peor error de mi vida —fue lo único que dije.

—¿De qué error hablas Mariana?

—Iba a acostarme con un imbécil, pero al final me di cuenta de que sólo quería usarme.

—¡Ay, hija!, ¡ven! —extendió su mano y la sujeté. Luego fuimos a sentarnos en un sillón —Cariño, nunca te entregues a cualquiera. La primera vez jamás se olvida y es muy importante que escojas a una persona que no sólo te atraiga físicamente, sino que también admires y respetes. Quizás no será con quien te cases, pero tendrás el recuerdo más bonito de tu vida si das el regalo de tu virginidad a quién se lo merezca.

Mientras mi mamá hablaba me sorprendí al momento de pensar en el rostro de Don Filomeno y lo más confuso es que nos vi a ambos desnudos haciendo el amor. Esa imagen no sólo me inquietó, sino que humedeció mi intimidad como nunca antes y tuve que cerrar las piernas para contenerme.

—Mamá… ¿y si la persona fuese alguien poco agraciado?

—Pues lo primero que debes preguntarte es si eso te molesta. Si su apariencia no es buena, pero lo quieres, entonces es el correcto.

—¡El correcto! —repetí sin poder borrar la cara de Don Filomeno de mi mente.

—Bueno hija, lo mejor es que te vayas a descansar. No debes presionarte. Ya llegará el hombre indicado, así que no te angusties.

Sin decir nada más, me levanté y me encerré en mi cuarto. Traté de dormir, pero cada que cerraba los ojos, la imagen de Don Filomeno y yo amándonos con desesperación aparecía. Quise tocarme mi intimidad porque las punzadas eran dolorosas, pero me detuve, pues me gustaría que fuese el hombre que escoja el que me haga descubrir todos esos placeres y mordiendo la almohada, me dormí unas horas después.

Días pasaban y yo no lograba dejar de evocar aquellas imágenes eróticas con un hombre demasiado grande para mí. Cada que lo veía, corría a esconderme, pero ni así me lo quitaba de la mente.

Un viernes, mi madre me avisó que viajaría a Indonesia por su trabajo y que me quedaría sola todo el fin de semana. Dijo que me intentaría llamar, pero que no prometía que lo lograría, pues era difícil hacerlo desde ese lugar. Yo le dije que no se preocupara porque soy mayor de edad y podría cuidarme sola.

A regañadientes se fue a su viaje y yo me dirigí a la escuela.

A la hora de la salida, no quise volver a casa, así que me puse a pasear por el campus, pero mis pies me llevaron a un lugar que no esperaba visitar y a pesar de que mi consciencia me decía que debía irme, al estar de pie frente a una vieja puerta de una casita alejada de los edificios y escondida por árboles, no pude evitar desear que él estuviese ahí.

Con mi mano temblorosa toqué la puerta. Al principio no escuché ruido y pensé que tal vez no se encontraba, pero cuando iba a dar la vuelta, la puerta se abrió y de ella salió el hombre que no abandonaba mi cabeza desde hace días. Verlo inundó mi cuerpo de sensaciones y deseos que creí imposible que pudiese sentir y sin poder controlarme, me arrojé a sus brazos llorando desesperadamente.

—¿Qué pasa Mariana? —yo no podía responderle —¡mi dulce princesa!, no me asustes, ¡dime que tienes!

—Por… por favor, llévame adentro.

Él obedeció y me introdujo a su pequeña casita y cerró la puerta.

Ya antes lo había visitado en este lugar. Era tan pequeño que siempre se sentía una calidez reconfortante y la falta de ventanas volvían la casa en un horno de temperatura agradable, y los árboles que la rodeaban mantenían humedad suficiente para aclimatarla.

Filomeno me sentó en sus piernas como siempre lo ha hecho. Antes este gesto no me inquietaba, pero desde mis lujuriosos pensamientos no pude evitar prestar atención a la protuberancia que estaba debajo de mis glúteos. Era la primera vez que sentía que estaba duro como una piedra y me pregunté si él también pensaba en mí de esa forma.

Sus manos acariciaban mi espalda y su voz aguardentosa en mi oído empezó a excitarme furiosamente y me alejé un poco para mirarlo bien. En verdad era un hombre muy maduro y poco agraciado, pero había algo en su mirada que me gustaba mucho. Sus ojos reflejaban el cansancio de los años, pero la tonalidad gris era hermosa y su brillo me deslumbraba.

Mis manos recorrieron su maltratado rostro, y varias veces mis dedos detallaron sus lunares, pero no sentí asco, ni nada por el estilo y continué explorando su enorme nariz y sus labios resecos. Con un dedo abrí su boca y toqué sus dientes. Cuando su lengua rosó mi piel, no pude controlarme más y lo besé tan profundamente que nuestras lenguas se enredaron de inmediato.

Jamás había besado de esa manera a mi novio. Con Erik apenas separaba los labios, pero con Filomeno mi boca devoraba la suya con desesperación. La guerra de lenguas fue larga e incluso sentí cómo su saliva resbalaba en mi garganta. Los chasquidos fueron tan ruidosos que eran lo único que se escuchaba en todo el lugar. Mis manos seguían recorriendo su cara y en ocasiones sostenía su nuca para que no pudiera romper este excitante beso, pero como siempre sucede, el aire nos faltó y lentamente fuimos separándonos.

Ambos respirábamos con dificultad y de pronto Filomeno pareció recobrar el sentido porque trató de levantarme, pero yo me anclé más en sus piernas y su pene casi se clavó en mis glúteos.

—Esto no está bien Mariana… eres tan joven y yo soy tan viejo y feo, que no merezco haber probado la dulzura de tus labios —su voz fue temblorosa y su mirada triste me dolió.

—No diga eso Don Filomeno —le respondí sin dejar de acariciar su cara —no hay nadie en el mundo que merezca mis besos más que usted.

—¿Qué quieres decir? —su cuerpo tembló, pero su mirada cambió por una llena de esperanzas.

—Quiero decir que he venido a usted para pedirle que me regale el momento más importante que una mujer puede tener.

—¿Y ese sería? —sus gruesas y rasposas manos se aferraron a mi cintura y nuestros rostros se acercaron más.

—Quiero que me haga el amor —finalmente le dije y luego lo besé.

Este beso empezó tierno, pero conforme nuestras lenguas se enroscaban, se convirtió en uno lleno de pasión. Don Filomeno abría tanto su boca que parecía que quería comerme y en varias ocasiones mordisqueó mis labios. Sus manos acariciaron mi vientre. Luego subieron a mis pechos y los amasó con fuerza. Su toque era desesperado y en ocasiones sus apretones me dolieron, pero a la vez me excitaban y lo dejé hacer.

El beso fue aún más largo que el primero y aunque el aire nos faltaba, decidimos sólo tomar una pequeña bocanada, pero jamás lo terminamos, no hasta que una de sus manos se coló por mi blusa y tocó la piel del inicio de mis senos. Sentir su toque me hizo jadear. Eso le devolvió la razón y rompió nuestro contacto. En mi intento por atrapar su boca me recosté sobre su pecho.

—¡Dios Mariana!, en verdad esto no está nada bien… Además, ¿cómo es posible que una joven tan hermosa me bese como si fuese su novio?... ¿a mí?, un hombre que casi podría ser tu padre.

—¿Por qué no lo cree posible? —sostuve su cara entre mis manos y lo obligué a mirarme —sabe que siempre lo he admirado y tengo tres años haciéndolo, es por eso que quiero que sea usted quién me convierta en mujer.

—¿Acaso eres virgen? —sus ojos se abrieron tanto que casi me reí cuando le afirmé con un movimiento de cabeza —¡Por todos los Dioses!, una muchacha tan hermosa aún no ha sido tocada, ¡No lo puedo creer!

—Pues créalo, Don Filomeno. Nadie ha tenido el placer de tocarme los pechos como usted lo acaba de hacer.

Le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Ese gesto me dio confianza y tomé su mano para colocarla en mi seno y sin soltarla lo hice que lo masajeara. Filomeno jadeo y sentí que su miembro crecía mucho más. Contenta acerqué mi boca para volver a besarlo, pero él se levantó de un salto y se pegó a la pared.

—No… esto no debe ser. Eres una niña al lado mío y sería aberrante aprovecharme de tu inocencia.

—No soy una niña. Tengo dieciocho años desde hace cinco meses y hace unos días casi me entrego a un idiota que no merece un regalo tan valioso, así que he venido a buscar al hombre que no sólo es merecedor de mi cuerpo, sino que ya tiene mi cariño en sus manos y este cariño es tan grande que ahora sé que jamás querré que otro me arrebate el momento más importante de mi vida.

—¡Lo ves Mariana!, acabas de decir que me tienes cariño, pero la virginidad no debe darse cuando ese sentimiento es menor al amor.

—¡Lo amo! —dije con seguridad.

—No es amor.

—Puedo demostrarle lo mucho que lo amo —me levanté, pero él me hizo una seña de que no me acercara.

—Yo sí te amo y por eso no quiero que te arrepientas de entregarme ese tesoro tan preciado… Yo… yo soy tan horrible que sé que en cuanto me veas desnudo querrás vomitar.

—Entonces déjeme verlo y si lo que vea no me gusta, le juro que jamás en la vida volveré a pedirle algo así, pero si es lo contrario, usted debe jurar que llevaremos esta entrega hasta el final.

Por un momento estuvo dudoso, pero luego asintió con la cabeza y comenzó a quitarse la ropa.

Lo primero que vi fue su torso. Su piel era más clara que su cara y la flacidez de sus pechos era notoria, (nada qué ver con la dureza de Erik las pocas veces que lo vi sin camisa). Su panza sobresalía y su piel se notaba áspera, pero el exceso de vello cubría gran parte de su volumen. Él me miró en busca de algún signo de asco y al no encontrarlo continuó. Bajó sus pantalones y quedó en bóxer. Sus piernas eran más cortas que su torso y se veían regordetas. La única prenda que le quedaba ocultaba su miembro y se demoró mucho en bajarla, pero al hacerlo abrí los ojos por la sorpresa y el miedo, pues era un miembro increíblemente grueso. No era demasiado largo, pero creo que su tamaño era bueno, sin embargo, lo que no tenía de largo, lo compensaba en grosor. Era tan gordo, que dudaba que mi vagina lograra engullirlo. El prepucio era mil veces más ancho que el falo y ya se veía el líquido preseminal. También estaba lleno de venas palpitantes. Sinceramente no era el pene más apetecible que hubiese pensado que sería. Incluso se veía monstruoso, pero a pesar de mi miedo, mi decisión no había cambiado.

Debí quedarme pensativa mucho tiempo porque trató de recoger su bóxer del suelo, pero yo fui más rápida y antes de que lo tomara, me hinqué frente a sus piernas y sin detenerme a pensar en lo que estaba haciendo, sujeté su miembro en mi mano y lo metí en mi boca, tal como vi que lo hacían las mujeres de los videos porno que mi madre tenía escondidos en su cuarto.

Filomeno casi gritó por la sorpresa, pero en el momento en que mi lengua acarició su pene, tuvo que agarrarse de la pared para no caerse de la impresión.

El sabor de su pene no era lo mejor, pero si no hacía esto, estaba segura de que no querría hacer el amor si notaba mi incomodidad, así que haciendo un gran esfuerzo para no mostrar mis dudas, empecé a chupar su pene. Jamás había hecho esto y no sé si lo hice bien, pero por sus gemidos supongo que le gustaba. Al cabo de un rato, el sabor dejó de molestarme y me lo metí más adentro de la boca. Mis manos presionaban sus nalgas para que entrara mejor, pero lo grueso me dificultaba poder tomarlo más profundo. Mis sonidos de succión eran escandalosos y como vi que escucharlos lo hacían ponerse duro, los emití con libertad. La excitación que me estaba provocando sus gemidos me hizo humedecerme vergonzosamente. Perdí la noción del tiempo y supongo que ya llevaba mucho haciendo esto porque se dejó caer en una silla cercana y jadeaba fuerte. Quería preguntarle si estaba bien, pero en vez de eso lo obligué a abrir más sus piernas para acomodarme mejor. Al estar más cerca pude ver sus enormes testículos, y movida por la curiosidad, abandoné su pene para chupar sus grandes bolas. Filomeno emitió un jadeo más fuerte y sus manos jalaron mi cabello en un intento de quitarme, sin embargo, mi boca engulló uno de los testículos y la sensación debió ser mucho para él, porque levantó sus caderas y abriendo más sus piernas, casi se resbaló de la silla. Como pude lo sostuve en mis brazos, pero no dejé de chuparlo.

—Por favor… Mariana… si sigues así no lo podré aguantar —fue una súplica que casi hizo que cumpliera su deseo, pero las punzadas en mi vagina eran deliciosas y sus jadeos eran los que provocaban mi excitación, así que continué.

Besaba y chupaba de su pene hasta sus testículos. Una de mis manos impedía que cerrara las piernas y la otra acariciaba su falo o sus bolas cuando mi boca cambiaba de uno a otro. Sus gemidos cada vez se hacían más constantes, y el movimiento de su pelvis empezó a ser desesperado. Sus manos en mi cabeza marcaban un ritmo mayor y minutos después sentí que algo caliente y viscoso, golpeaba mi garganta. Traté de alejarme, pero la presión de sus manos no me dejó hacerlo, así que bebí todo lo que pude de ese líquido espeso. Sabía raro, sin embargo, me dije que esto era parte del hombre que deseaba como mi amante y que no era justo que rechazara algo suyo, por eso seguí bebiendo de él hasta su última gota y cuando ya no hubo nada que tragar, seguí chupando en busca de residuos. Sus manos jamás dejaron de acariciar mi cuero cabelludo y esa atención era tan exquisita, que como recompensa me agaché para besar la parte trasera de sus testículos, e intenté volver a chuparlos, sin embargo, Filomeno me empujó para alejarme. Su fuerza fue tal, que caí al suelo y él al ver lo que hizo se aventó también para abrazarme.

—¡Discúlpame, mi amor!, pero eso que ibas a hacer me hubiera matado.

—¿Por qué te habría matado? —le pregunté mientras le devolvía el abrazo.

—Mi inocente Mariana. ¿Sabes que lo que acabas de hacer ha sido la primera vez que lo experimento?... Ninguna mujer me ha hecho una mamada y mucho menos se ha tragado mi semen con tanto gusto como tú lo has hecho —sujetó mi cara para que lo mirara —casi me da un infarto por todas las sensaciones que ese gesto provocó en mi ser.

—¿Te gustó mucho que la emoción alteró tu corazón? —le pregunté colocando una mano en su pecho.

—Sí… me gustó todo lo que hiciste —abrió mi boca y pasó sus dedos alrededor de ella —¿te tragaste toda esa asquerosa cosa?

—Sí —le sonreí —sabes realmente delicioso, así que te advierto, voy a querer mi dosis diaria a partir de hoy —le dije con una sonrisa.

Sé que lo de delicioso era una mentira, pero el brillo en sus ojos y la sonrisa en sus agrietados labios eran tan dulces que, si tragarme su semen todos los días lo hacía feliz, lo haría sin dudarlo.

De pronto su cara dejó de emitir su sonrisa y me soltó para regresar a la silla. Su pene estaba un poco menos hinchado, pero el grosor se mantenía demasiado visible y como tenía las piernas abiertas mis ojos no dejaban de mirar esa protuberancia que pronto me haría mujer.

—Esto está mal… Soy mayor que tu padre y aunque me demostraste que no te doy asco, no sería justo que te desflore un anciano feo, cuando tienes tantos chicos guapos de dónde escoger.

—Pero yo no quiero que cualquiera tome mi virginidad —me levanté y me hinqué de nuevo entre sus piernas —quiero dártela a ti porque te quiero como hombre… ¡Mi hombre! —reforcé mis palabras tomando sus manos entre las mías.

Era una imagen bizarra. Yo estaba vestida con mi uniforme de universidad y frente a mi estaba un hombre mayor completamente desnudo, pero que a pesar de no ser atractivo, era el único hombre que quería dentro de mi cuerpo.

Su resistencia era admirable, pero estaba decidida a cumplir mi deseo, por eso lo besé de nuevo y no me entretuve en su boca, sino que empecé a repartir besos por todo su cuerpo. De su cuello ya bajaba el sudor que lamí sin dudar. Pasé mi lengua por sus pectorales y demoré bastante chupando su panza peluda. Varios vellitos se pegaron en mi lengua, pero no hice el intento de quitármelos. Luego bajé mi boca hasta su pene y como hice antes, lo introduje en mi boca y lo mamé con mucho más gusto que la primera vez. Con mis manos acariciaba sus testículos y mi estímulo en ellos lograron hacer que se endureciera otra vez, aunque en esta ocasión parecía que el grosor aumentó tres veces más, pero antes de que mi miedo por semejante monstruo me detuviera, me puse de pie y me quité la ropa.

Una vez que estuve completamente desnuda, lo miré y lo que vi me tranquilizó y alegró en partes iguales, y es que Filomeno tenía los ojos y la boca muy abierta. Sus ojos emitían un brillo intenso y recorrieron mi cuerpo con fascinación.

Despacio se puso de pie. Yo sabía que quería abrazarme, pero si se lo permitía, seguramente algo lo haría detenerse, así que caminé hasta su pequeña cama y me acosté boca arriba. Estaba nerviosa y un poco avergonzada, pues era la primera vez que me mostraba desnuda ante una persona. Era consciente de que mi cuerpo era atractivo, pero eso no cambiaba el hecho de que me encontraba demasiado vulnerable, y para tranquilizarme tomé bocanadas de aire hasta que conseguí el valor necesario para levantar mis piernas y luego las abrí por completo dejándole ver mi vagina en todo su esplendor.

Su jadeo me hizo saber que lo que vio le excitó y si eso no hubiese sido suficiente prueba, su prisa por ponerse encima de mí y su beso desesperado, confirmó lo que pensé.

Su boca abandonó mis labios y sin disminuir sus ansias, me lamió el cuello, los hombros y cuando se topó con mis senos, se aferró a ellos como un bebé recién nacido buscando alimento. Eso hizo que ahora yo gimiera con fuerza. Sus dientes enviaban cosquillas en mis pezones cuando los mordía y los endureció tanto que dolía, pero a la vez esas sensaciones hacían palpitar mi clítoris. Filomeno no quiso entretenerse en ellos. Supongo que estaba demasiado excitado como para alargar su exploración, pues su boca recorrió mi vientre y con sus manos abrió más mis piernas para después buscar como loco mi clítoris y al encontrarlo lo succionó provocando que gritara de placer. Mi primer orgasmo no tardó nada en aparecer y al liberarlo, estoy segura de que no sólo saqué fluidos, también sentí como si hubiese orinado, pero no pude cerciorarme porque enseguida sentí la punta del pene de Filomeno en la entrada de mi vagina.

Al mirarlo, vi en sus ojos la pregunta de si debía continuar o se detenía, y siendo incapaz de hablar por la excitación, asentí y alcé mi cadera para darle mejor acceso a mi intimidad. Estaba segura de que me iba a doler cuando me rompiera el himen, pero es tanto el cariño que le tengo, que lo último que deseo es ver en su rostro la expresión de la culpa, por eso me mentalicé y me abracé a su cuerpo en un intento de encontrar el valor para soportar lo que sea y como predije antes, su pene es tan grueso que a pesar de que estoy vergonzosamente húmeda por el deseo, ni siquiera entró la punta. Filomeno trató varias veces de meterlo, pero nada parecía funcionar, lo poco que entró no llegó ni a la mitad de mi vagina, aunque el dolor que estaba experimentando era terrible, sin embargo, nunca dejé de sonreírle. Fueron varios minutos en los que trató de penetrarme, pero su cara reflejó la tristeza al no lograr hacerlo y supe que se había rendido cuando empezó a levantarse.

Su abandono me aterrorizó. Ya habíamos llegado tan lejos como para no terminar lo que iniciamos, así que usando toda la fuerza de mis piernas lo aprisioné y mientras una mano sostenía su pene, la otra separaba los labios vaginales para luego meterlo dentro. Sabía que eso no sería diferente a lo que Filomeno trató antes, pero cuando la punta logró pasar, solté su pene y sostuve sus nalgas para después empujarlo hacía mí con la ayuda de mis piernas. El pene entró lo suficiente como para toparse con mi himen. Esa parte sería la más dolorosa, pero no me detuve y sin dejar de mirarlo, usé la fuerza de mi cadera y con un fuerte empujón de mis brazos y piernas, la tela que protegía mi virginidad finalmente cedió dándole completo acceso a mi vagina.

Quería gritar del inmenso dolor, pero me contuve y le dediqué la mejor de mis sonrisas. Filomeno me miró sorprendido, pero al ver que le sonreí, tomó la suficiente confianza y comenzó un mete y saca bastante ansioso que enviaba miles de dolorosas punzadas en mi interior. Esto no era nada parecido a lo que imaginé. Dolía demasiado, pero una parte de mí estaba disfrutando porque entre más movía su pene dentro de mi vagina, más me humedecía. Mis ojos acumulaban lágrimas que les impedí derramar. No había otra cosa en que pensara más que en el dolor y para ocultarlo de él, lo abracé y escondí mi cara en su hombro.

Hubo un instante en que casi me arrepentí de entregarme a Filomeno, pero al escucharlo gemir de placer, aquel pensamiento me hizo sentir la peor persona del mundo. Quería compensarlo, aunque fuera ajeno a mis pensamientos, por eso también comencé a mover mis caderas y aun siendo inexperta, traté de presionar con mis músculos vaginales, ese enorme pedazo de carne que me lastimaba. Mis movimientos debieron ser buenos porque al poco rato, sus jadeos se convirtieron en ruidosos sonidos, como si de un animal en celo se tratara y sus embistes adquirieron mayor velocidad. La fricción me hizo sentir todas sus venas en mis paredes vaginales.

Por increíble que pareciera, esos hilos venosos estaban logrando cambiar el dolor por placer y es que eran tan gruesos que cosquilleaban mi piel interna, y las palpitaciones complementaban las caricias. Mi humedad se acrecentó y eso le permitió a su pene deslizarse con más facilidad. Nuestros cuerpos también se acariciaban con cada movimiento y como yo lo abrazaba con desesperación, su flácido pecho peludo se restregaba con mis senos, y mis pezones eran los que más se beneficiaban.

Al cabo de unos minutos, el dolor fue menos y finalmente me atreví a mirar el rostro de Filomeno. Él me observaba con adoración. Jamás en mi vida me habían mirado de esa manera, (como si yo fuese algo de incalculable valor). Su sonrisa mostrando sus dientes chuecos, me hizo sonreír y sin más nos besamos.

Nos sumergimos por mucho tiempo en la danza de nuestros cuerpos. Filomeno empezó a empujar con más fuerza y el leve dolor regresó y es que mientras lo hacía lento, mi vagina soportaba mejor sus embistes e incluso me excitaba al grado de producir cantidades exorbitantes de flujo, que lograban que su pene se deslizara sin problema, pero cuando lo hacía rápido, mi mente era más consciente de que su miembro tenía dimensiones demasiado grandes para mi apretaba vagina. Aún con el dolor, seguí besándolo con pasión y mis manos acariciaban su espalda y barriga con inmenso cariño. De repente se tensó y luego sentí que mi vagina era inundada por una enorme cantidad de líquido caliente que cubrió mis entrañas. El chorro me sorprendió y dejé de besarlo porque, además, Filomeno empezó a gruñir y a moverse como si algo le doliera. Asustada lo abracé más fuerte no sólo con mis brazos, sino también con mis piernas, pero al hacerlo, el chorro caliente se adentró más y casi podía jurar que llenó mi útero. Sentirlo hasta el fondo despertó miles de emociones en mi ser y pude percibir cómo se acumulaba un gran orgasmo que liberé con un grito de placer. Mis flujos no lograron salir con la misma fuerza que el chorro del pene de Filomeno, pues ese trozo de carne servía de tapón para contener nuestros fluidos, pero a pesar de eso, un poco de mi líquido escurrió por nuestros sexos y mancharon su cama.

Filomeno se dejó caer entre mis pechos y su respiración errática golpeaba suavemente la piel sensible de mis senos. Yo no me encontraba en mejores condiciones, sin embargo, la ternura que me trasmite este hombre me hace preocuparme más por él que por mí, por eso, y a pesar de los temblores de mi cuerpo, me dediqué a acariciar su espalda y cabeza, en un intento de calmarlo.

Él quiso salir de mi cuerpo, pero algo me decía que el dolor sería insoportable si lo sacaba rápido, así que lo atrapé en mi interior sosteniendo sus nalgas con mis piernas. Fue tan fuerte mi abrazo, que dejó de intentar sacar su pene y mejor se acomodó en mis pechos y se puso a besarlos. Sus lamidas eran tiernas y sus manos rasposas sobaban mis senos con tanta delicadeza, que poco a poco sentí que mi cuerpo se relajaba al grado de que caí en un estado de somnolencia, aunque no sin antes sentir cómo el líquido llenaba mi interior de una agradable calidez, que me hizo sonreír de felicidad, al saber que ahora era la mujer de Filomeno en todos los sentidos en que una mujer puede pertenecerle a un hombre.

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