El hijo del viejo conserje

Capítulo 1

                                                                                 PVO FIL

El día que murió mi madre, también murió la esperanza de algún día poder encontrar a la mujer que compartiría su vida conmigo.

Mariana Rivas fue una gran mujer y no existirá otra igual a ella en esta vida, pues era de esas raras personas que no le daba importancia al físico, sino al interior. Fue su amable alma la que le permitió a mi padre Filomeno Cruz, encontrar la felicidad cuando pensó que esta no llegaría por lo viejo y feo que era. Un conserje nada agraciado y pobre, logró superarse para corresponder al amor que mi madre le profesaba. Su esfuerzo rindió frutos y junto a ella creó el pequeño imperio del que ahora gozamos mis hermanos y yo.

La empresa Cruz Rivas, es el legado que nuestros padres nos heredaron. De una tiendita en la universidad a la que mi madre asistía en su juventud, se conformaron otras cinco en distintos puntos del país, y yo, como buen aprendiz de mi madre, acabo de acrecentar los activos de la empresa y hoy en día está a la par de la compañía Rivas, la empresa más famosa en la ciudad natal de mi madre, (perteneciente a mi abuelo materno).

Actualmente administro no sólo las tiendas de mis hermanos, también me encargo de abastecerlas por medio de una empresa extranjera con la que hice un convenio al comprar una parte de sus acciones, (prácticamente soy un socio importante con el 45%).

Me siento muy orgulloso de mis logros y sé que mis padres lo estarían si estuvieran vivos.

Desafortunadamente no podemos tener todo en la vida.

A mis cincuenta años sigo soltero y virgen. Mi apariencia física no es tan mala como la de mi padre a mi edad, sin embargo, tampoco soy un hombre guapo, es más, de tantos desvelos por los negocios, me veo más viejo y acabado que cualquiera de mis otros hermanos, pero si eso no fuera suficientemente malo, la razón de seguir siendo virgen es que en mi juventud fui rechazado cuatro veces cuando iba a tener relaciones.

El tamaño de mi pene es una herencia maldita de mi padre, y de sus cuatro hijos varones, soy quien tiene un grosor mucho mayor y eso en lugar de parecer atractivo a las mujeres, las ahuyenta.

La última vez que intenté tener relaciones fue hace unos días. La chica estaba dispuesta, pero sus besos y caricias me habían excitado tanto que mi erección era mucho más grande que las veces anteriores y cuando apenas iba a empezar a meterlo dentro de su vagina, me empujó y confesó que Armando, (mi hermano), le había pagado para que me estrenara, pero que viendo lo monstruoso que es mi pene, ni loca se arriesgaba a que la lastimara.

La humillación que sentí fue demasiada para mi salud mental y decidí nunca más volver a intentar estar con nadie.

Recuerdo que al llegar a casa, Armando estaba ahí con su esposa y sin importarme nada, le reclamé por su cruel broma. La ira me dominó a niveles inimaginables y lo aventé a la pared, pero su mujer se interpuso y me dijo que lo hicieron para ayudarme a dejar de estar solo.

Sus palabras destrozaron el último rastro de mi orgullo de hombre y por primera vez me emborraché.

Estando solo en el despacho con la botella en la mano, me pongo a analizar mi patética vida.

Hace tres años, dos de mis hermanos me habían dejado atrás en la soltería. Ellos se casaron el mismo año de la muerte de mi madre y para su buena suerte, sus esposas no sólo son bonitas, sino también amables, (tal parecía que desde el cielo, mi madre se las mandó).

Ver la felicidad con la que viven, me hace sentir miserable.

Armando tenía cuarenta y cuatro cuando conoció a Emilia, (a la que apenas le lleva diez años). Ernesto tenía cuarenta y uno y su esposa Sandra, treinta y cinco.

La juventud de sus mujeres les dio la oportunidad de darles hijos casi enseguida de haberse casado, (Armando tiene tres niños varones. Ernesto tiene dos y su esposa está esperando una hija).

Siendo hijos de mi padre Filomeno, se supone que todos llevamos a cuestas el problema de sus dimensiones en el órgano sexual, pero en mis tres hermanos el grosor no es demasiado como el mío y han podido tener relaciones sin lastimar a sus parejas, (incluso Gerardo me ganó en ese aspecto a pesar de ser el más joven).

El sonido de la puerta me saca de mis cavilaciones y veo que Gerardo entra con un sobre en la mano.

Yo giro el rostro porque no tengo ganas de conversar y se lo hago notar por medio de una mueca, pero el muy tonto la pasa de largo y se sienta frente al escritorio donde me encuentro.

–Los Cruz jamás bebemos –dice con un tono de reclamo que decido ignorar y doy un gran trago a la botella –Fil, si nuestros padres vivieran, estarían muy decepcionados de lo que estás haciendo.

–¿Cómo puedes saber que nuestro padre estaría decepcionado si ni siquiera lo conociste?

El rostro de Gerardo se descompuso ante mis palabras y me sentí mal por haberle dicho esa tontería.

–Hermano, ¡perdóname!, no quise decir eso.

–Fil, de todos soy el único que no tuvo la fortuna de conocer a nuestro padre, pero estás olvidando que mi madre siempre me contaba su vida con él. Ella era feliz recordándolo y aunque terminaba llorando con cada relato, nunca me sentí capaz de impedirle hablar de quien fue el amor de su vida. Ser el menor me dio la ventaja de acompañarla esos años tan duros y comprendí que a pesar de que por fuera ustedes la veían fuerte, por dentro ya estaba muerta y el día en que dio su último suspiro, fue alegría la que sintió porque se volvería a encontrar con papá.

–Definitivamente la conociste mejor que cualquiera de nosotros y veo que también conociste a papá gracias a ella –tapé la botella y la dejé a un lado –tienes razón, ninguno de los dos estaría contento de verme así.

–Me alegra que comprendas –me sonrió cálidamente y me pareció que heredó la sonrisa de mamá –Ahora que estás más calmado, quiero informarte que me caso con Sofía la próxima semana.

–¿Tan pronto?, la conoces apenas hace un año –un malestar en el pecho me hizo consciente de que la noticia no era muy buena para mí.

–Lo sé, pero es igual de amorosa y dulce que nuestra madre. Si la dejo ir, me arrepentiré toda la vida.

–Si es tan buena como dices, entonces te felicito –el tono no fue muy feliz que digamos, pero parece que Gerardo no lo notó.

–¡Gracias, hermano!, y ahora me vas a perdonar, pero voy a viajar al pueblo donde vive Angélica y como es muy lejos debo irme temprano –se levantó y me extendió el sobre que supongo es la invitación a su boda –¡cuídate!

Con renuencia sujeto el sobre y cuando Gerardo sale del despacho, lo aviento a la bandeja de papeles que nunca leo.

Sé que debería sentirme feliz por él, pero no puedo evitar sentir envidia y coraje. Con la boda de Gerardo, mi desdicha será mayor, puesto que voy a ser el único en toda la familia que jamás sabrá lo que es ser amado y mucho menos tendré la dicha de perpetuarme a través de un hijo.

–Mentiste madre, nunca nadie va a amar a un fenómeno como yo y menos a mi edad.

Mi desdicha es insoportable y aunque Gerardo tiene razón respecto a que mis padres se decepcionarían si vieran que me emborracho, abro la botella y bebo todo su contenido.

Las lágrimas de perdedor que salen de mis ojos, es otra característica que heredé de mi padre y me odio por ser tan sentimental.

Abatido, aviento la botella y esta se rompe en mil pedazos.

                                                                                         PVO LAURA

Miguel se mueve dentro de mí con fiereza y la poca humedad de mi vagina hace que las fricciones de nuestros sexos me lastimen.

Aunque le he rogado que sea menos brusco, lo único que consigo es un golpe en la cara o su risa burlona por ser tan estúpida al no entender que es así como se siente cuando se tiene relaciones.

Ni el condón con lubricante que le compré consigue que su pene se deslice sin problema. Mi libido desde hace mucho desapareció y tengo que fingir que me está gustando el sexo, y hago gemidos escandalosos que lo excitan.

Finalmente, la tortura termina cuando eyacula y sale de mi cuerpo y como siempre sucede, se apresura a quitarse el condón para vestirse e irse a buscar droga.

Yo me quedo acostada un rato más y con mis dedos me estimulo el clítoris en un intento fallido de obtener un orgasmo, pero me frustro cuando no lo consigo.

Enojada por la asquerosa vida que me tocó, me levanto y me pongo uno de los vulgares vestidos que me ha comprado Miguel.

Al mirarme al espejo la imagen que se refleja es más el de una prostituta que el de una mujer decente y quiero quitármelo, pero la puerta se abre y aparece Miguel acompañado de uno de los jefes que le venden droga.

–¡Mira quién vino a visitarte, cariño! –dice mi amante con un tono que me disgusta por el significado que conlleva.

–¿Cuánto debe durar? –pregunto resignada y lo peor es que en lugar de hacerlo sentir mal, lo hace sonreír.

–Veinte minutos, preciosa –responde el otro hombre.

–Bueno, ya que está acordado el tiempo, los dejo para que lo aprovechen… ¡hasta luego, cariño!

Miguel sale de la habitación y el hombre moreno y con cuerpo de atleta, se desviste rápidamente. Yo lo miro intentando excitarme con sus enormes músculos, pero como me pasa siempre con los clientes que Miguel me trae, mi cuerpo no reacciona lo suficiente como para disfrutar un poco de lo que estos machos me ofrecen.

–¡Ven, preciosa! –se sienta en la cama con su pene apuntando al techo –hazme una mamada.

¡Dios!, ¿por qué no sólo me penetra y ya?… detesto hacer mamadas por lo asquerosas que son. Para mi mala suerte no puedo negarme si no quiero que Miguel se desquite dándome unos azotes con el cinturón, así que me hinco frente al hombre y meto su pene en mi boca para succionarlo fuerte.

–¡Espera! –jaló mi cabello para obligarme a mirarlo –siempre haces las mamadas a la velocidad de la luz y eyaculo muy rápido, pero hoy quiero que te tomes tu tiempo porque necesito desestresarme.

Sin miramientos me obligó a meterme su pene hasta el fondo de mi garganta y sentí unas horribles arcadas por la falta de aire. El maldito marcó la velocidad y fue tan lenta que algunas lágrimas salieron de mis ojos. Si la tortura de haber estado con Miguel fue larga, esta fue eterna y no terminó con una mamada, sino con el sexo anal más doloroso que he tenido en mi vida. El desgraciado me lastimó al grado de dejarme sangrando. Miguel entró poco después de que se fuera y lo único que le importó fue saber si había pagado completo. Me senté como pude y le pedí que me llevara al médico, pero minimizó el asunto y se largó sin dejarme un centavo.

Intenté ignorar el dolor yéndome a dormir, sin embargo, las punzadas no me lo permitieron y con vergüenza llamé a Luisa, (mi mejor amiga de la preparatoria), para que me acompañara al hospital, (y de paso me prestara para pagarlo).

El diagnóstico del médico fue un desgarre y ahí mismo me dio algunas puntadas. Con mi baja solvencia económica no podía pagarme unos días de internamiento y salí del hospital a paso lento y en una posición que evidenciaba lo que me había sucedido.

Luisa me llevó a mi departamento y como no tenía nada en el refrigerador tuvo que pedir comida.

Teníamos algunos minutos en completo silencio y esperaba mantenerlo así hasta que se fuera, pero Luisa jamás pierde la oportunidad de recordarme lo patética que soy.

–¿Hasta cuando vas a continuar así, Laura? –su tono no era enojado, pero sí muy decepcionado –ese hombre con el que vives te destrozó la vida. Tu idea romántica de estar con el tipo al que te entregaste por primera vez es absurda.

–Miguel es el amor de mi vida –repetí el mantra que me ayuda a soportar esta vida.

–Tenías diecisiete años cuando lo conociste y como todas las estúpidas, lo único en lo que te fijaste es en su atractivo. No te diste el tiempo de descubrir si te convenía. De inmediato le abriste las piernas y con eso le diste el poder de destrozarte.

–No le di el poder de nada. Miguel es mi pareja y…

–¡Él no te ve así! –alzó la voz y azotó la mesa –para ese desgraciado eres una pieza de cambio. Siempre te ofrece a sus vendedores de droga y tú eres tan imbécil que aceptas acostarte con todos con tal de que no se enoje… ¿Acaso no piensas que algún día te pueden contagiar alguna enfermedad?

–Siempre usan condón. Incluso Miguel lo hace desde la primera vez que estuvimos juntos.

–Qué excusa más idiota –veo que toma su bolso y me levanto cuando se acerca a la puerta.

–¡No te vayas, por favor! –camino apresurada y siento que un punto se abrió por el movimiento.

–Ya no puedo más, Laura. Tienes veinticinco años, pero pareces de treinta. Las drogas que consumes han intoxicado tu cuerpo y temo el día en que me salgas con un embarazo o una enfermedad venérea.

–¿Y tienes miedo de que te contagie?

–No. A lo que le tengo miedo es a verte morir lentamente o a ver que traigas al mundo a un bebé enfermo.

–Te he dicho que usan condón. Jamás les permitiría hacerlo de otra manera.

–Me da igual lo que permites o no. Te has rebajado a ser una prostituta y créeme, no critico esa profesión. Muchas lo hacen obligadas o por necesidad, pero tú ni siquiera cobras porque te acuestas para que tu macho siga drogándose –me dirige una mirada melancólica –Tenías un gran futuro. Deseabas ser pintora, pero cuando viste al guapísimo Miguel, toda tu inteligencia quedó sepultada… Recuerdo que me contaste que te gustaba su cuerpo y galanura y es cierto, es rubio, de ojos azules, piel blanca, delgado y alto, pero aparte de eso, ¿no te diste cuenta de que es un mantenido, machista, ratero y golpeador de mujeres?

–Es… es bueno –respondí con voz temblorosa –y me ama.

–Te ama tanto que deja que otros hombres te cojan las veces que quieran… Laura, sinceramente creo que te has acostado más veces con sus proveedores de drogas que con él, pero si le has tomado cariño a esta vida, es tu problema. De mi parte es la última vez que te ayudo. Si te vuelven a lastimar, pídele a tu amado que te cure.

Luisa se fue sin importarle mis lágrimas y no la culpo. Últimamente me está costando sentir placer y es porque ya estoy harta de ser sólo un objeto de los hombres.

Miguel tiene buenas proporciones y sus proveedores no están mal, pero sólo piensan en su placer y a mí siempre me dejan frustrada. El sexo nunca ha sido maravilloso, pero no estaba mal. Ahora suplico para que terminen pronto.

–¿Por qué tuve que fijarme en Miguel? –despacio me siento en el piso y lloro con más fuerza.

La puerta se abre y Miguel entra con una cara de terror que hace que me levante rápido.

–¿Qué pasa? –trato de tocarlo, pero me avienta y saca una pistola de la bolsa de su pantalón.

–Tengo que irme o me van a matar, pero antes vine a pedirte que me ayudes –me sujeta del brazo y me lleva a sentar a la cama –hace unos días me puse a buscar hombres viejos que aún están solteros, pero que tienen millones en sus cuentas y encontré a un imbécil bastante rico. Si lo seduces y te casas con él, pagaré mis deudas y nos daremos vida de reyes.

–Pero si me caso con él, ya no podré estar contigo.

–Si podrás, sólo que el viejo no debe saber que te acuestas conmigo también.

Miguel se puso a instruirme para abordar al viejo, pero entre más me contaba, menos quería llevar a cabo ese plan.

Mi anhelo de mujer era casarme con Miguel en una preciosa iglesia. Me imaginaba vestida de blanco caminando hacia el altar donde él me estaría esperando, pero ahora tendría que hacer eso con un viejo que me dobla la edad y lo peor de todo es que no es muy guapo.

He tenido sexo con varios de los proveedores de Miguel y para mi suerte son atractivos, pero el viejo de la foto está muy embarnecido, con ojeras demasiado visibles y canoso, (creo que lo único rescatable son sus ojos color gris).

En los días posteriores a esa plática, Miguel no mencionó nada del viejo y pensé que sólo fue el miedo el que lo hizo pensar tonterías, pero a la semana siguiente, trajo a un hombre muy parecido al tipo que quiere que seduzca y me sorprendí cuando me ofreció mucho dinero para darle a su hermano un poco de felicidad mientras aún está sano. Hizo énfasis en una enfermedad, pero dejé de escucharlo después de que Miguel aceptó el trato en mi nombre y sólo moví mi cabeza para reafirmar la decisión de mi novio.

Mañana conocería a quien será mi esposo y lo único que espero es soportar estar con alguien que no me produce el más mínimo deseo sexual, pero amo tanto a Miguel, que estoy dispuesta a hacer lo necesario para verlo feliz.

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